Desde la antigüedad los filósofos meditaron en una disyuntiva: ¿El hombre es hermano del hombre, o su lobo?
No hemos salido de la prehistoria de la humanidad. Ayer se quemaban a los hombres en las hogueras, cortaban cabezas con guillotinas; invadían a otros pueblos, violaban sus mujeres, asesinaban a los niños. Hoy se cortan cabezas en nombre de una cultura, asistimos a guerras en vivo por la TV, mueren cada tres días de hambre o enfermedades curables más de 120 000 niños... son bombas silenciosas que no dejan ver el hongo atómico.
Es cierto que al mercado acaba de salir un teléfono de última generación, un robot indica cuándo se puede cruzar la calle, una nave espacial lanza mensajes a una civilización extraterrestre para dar noticias de nuestra existencia. Sin embargo, no parece que hallamos avanzado mucho en el amor, la humildad y la sabiduría; parece que el lobo que aúlla gana la batalla. ¿Tendrá tiempo el hombre de entrar en una fase donde se reconcilie con la naturaleza y con los demás hombres?
Mientras todo esto sucede, el ojo de los poderes financieros nos vigila,
seduce, alimenta nuestros gustos e instintos. El Big Data es el registro digital de toda la huella de navegación por internet, correos electrónicos, Facebook; allí queda rastro de cada clic o «me gusta». Con tanta información mundial de los seres humanos, llenan archivos, bases de datos y sicométricos. Así manipulan nuestras mentes y nos empujan a donde quieren, como esclavos de nuevo tipo que se creen libres de decir lo que piensan.
¿Y la democracia? ¿Y los derechos humanos? ¿Y la libertad? Es larga la lista de preguntas y la verdad ha sido secuestrada.
Los poderosos del capital financiero y los políticos que los representan «trabajan» muy bien con las emociones de los seres humanos, alimentan al lobo prehistórico, o mejor dicho, a la capacidad innata de la mordida.
A Ulises lo ataron al mástil y taponearon sus oídos para que no se lanzara al agua tras el canto de las sirenas. Hoy el hombre anda sin mástiles ni tapones, rodeado de sirenas seductoras que cantan para confundir la belleza con la muerte. El hombre tiene que inventar su propia música, esa que permita el milagro del poeta: «¡bendito los lobos que no aprendieron a morder!».


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Carlos M. dijo:
1
8 de febrero de 2018
09:31:06
Alfredo dijo:
2
9 de febrero de 2018
16:33:33
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