Jamás habría escrito sobre el tema. Nunca, porque cada vez que viene al caso la falta de cortesía, parece que no hubiera más ejemplos que el del cieguito al que nadie ayudó a pasar la calle, o el de la embarazada que subió a la guagua y no halló quien, solícito y espontáneo, abandonara el asiento y le brindara el suyo. A fuerza de su abuso, procuro citar otros no menos deleznables que como aquellos, también atentan contra la consideración y las buenas composturas.
Entre unos cuantos espectadores que viajábamos sentados –entre ellos otras mujeres– fui la que se paró, después de dar en vano un tiempo prudencial para que reaccionaran los hombres, que enrumbaban la mirada hacia cualquier parte menos hacia la barrigona que tuvo la vergonzosa suerte de encontrar ocupados los espacios reservados.
Sé que hay quienes «curados de espanto», podrían alarmarse con mi estupor, y pensar que es poca cosa, que se verán horrores, que lo normal, aunque lastime, ha de ser aceptado; sin embargo, ni es tendencia ni puede verse con naturalidad un suceso que tan mal habla de quienes pudiendo evitarlo lo hacen posible.
Colocarme de pie y repasar mi tiempo de gestante fue la misma cosa. Abandonada a mis pensamientos, noté después que sin darme cuenta me estaba tocando la barriga.
El viaje en retrospección se colmó de imágenes, ya distantes en el tiempo, desde que supe que dentro de mí había prendido una vida.
Acompañada de náuseas, fatigas y algunos temores propios del estado, la primera etapa del embarazo nos hace muy vulnerables. Toda historia maternal de abuelas, madres y amigas que ya lo son nos seducen y prestamos atención a detalles que antes nos fueron indiferentes.
Preparar la canastilla, organizar las compras, poner a blanquear algún paño que, más que un valor funcional, cobra uno sentimental porque perteneció tal vez a alguien entrañable, imaginar la carita del bebé…, son algunos de los asuntos en los que nos ocupamos mientras la cintura aumenta su diámetro. Pronto la figura ocupa más espacio, y los cuidados nuestros, y los de las personas que nos rodean aumentan. Un «hilo» de la panza al corazón remueve nuestro espíritu y nos exige cautela. La precaución ante el menor daño físico es prioridad acrecentada, no ya por el natural instinto de la protección personal, sino porque se teme que al menor incidente el chiquitín pueda lastimarse.
De los ánimos ni hablar: la sensibilidad se desborda y puede conmovernos lo mismo lo hermoso que lo doliente. Una buena noticia o una triste nos hace saltar las lágrimas con idéntica fuerza y la necesidad de ser arropados y tratados mejor que nunca antes, forma parte de las mayores urgencias.
La muchacha que subió al ómnibus no es la excepción. Caminó para llegar al tramo final y permanecer de pie unos instantes –demasiado largos–, pensando quién sabe qué, temiendo que cualquier natural movimiento del vehículo colectivo pudiera arruinar la maravilla de su momento, y sintiéndose poco menos que un objeto entre la gente, de la que habría esperado, aun sin ser allegados suyos, un gesto protector.
Varias preguntas respondidas entre todos bien podrían darles continuidad a estas líneas, de las que nadie debía sentirse ajeno. ¿Cuándo, sino cuando nos importa en toda su dimensión el bienestar de los otros, se consigue ser virtuoso, que es la más alta aspiración de la integridad humana? ¿Cuándo desoímos a nuestra ascendencia, la que educó a los que hoy somos adultos, en las normas elementales de civismo, las que nos hacen mejores y con ellas producimos beneficios? ¿Cuándo la literatura ha dejado de decirnos aquello de que la suerte ajena nos fortalece y la desgracia del otro nos disminuye?
Bien sé que la estampa descrita no es un calco pequeño de la sociedad en que vivo, imperfecta pero batalladora, con sombras en plena luz. Pero no están esas conductas ni aprobadas ni consentidas, como tampoco consuela la infrecuencia de la escena ni la desaprobación de la mayoría, por lo que exigen permanente examen.
Un provechoso ejercicio resulta emprender ciertos rumbos al interior de uno mismo: al pasado remoto, cuando nos llevaron en un vientre; o cuando fuimos –o seremos un día– los portadores del crío. Podría conmover a los desentendidos. Solo es cuestión de tocar la fibra. Y tal vez sirva para más.


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Orestes Oviedo dijo:
1
24 de enero de 2018
09:38:51
Maritza dijo:
2
24 de enero de 2018
11:08:12
Luis German Gonzalez Santiesteban dijo:
3
24 de enero de 2018
16:37:42
Edel Esteban Correa Mijares dijo:
4
25 de enero de 2018
01:16:30
Madeleine Respondió:
25 de enero de 2018
13:20:48
la cienfueguera dijo:
5
25 de enero de 2018
09:26:44
yordanqui dijo:
6
25 de enero de 2018
09:38:52
ntq dijo:
7
25 de enero de 2018
16:14:00
Henry dijo:
8
25 de enero de 2018
16:44:28
virge dijo:
9
5 de febrero de 2018
15:39:25
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