¿La crítica es un acto de amor, o el innoble ejercicio de destruir a otra persona?
Cuando la crítica pone el dedo sobre la llaga de un defecto, y no es un pie para aplastar al otro, estamos ante una dimensión plena de construcción humana. Pero si el propósito es ajustar cuentas, someter hasta que el otro doble la cerviz en señal de servidumbre, la crítica es entonces el arma para aniquilar al «indeseable» prójimo.
Constituye una relación de diálogo y de respeto: ese es el camino para que sea un verdadero acto de crecimiento de una persona ante sus errores. Mas, muchas veces nos falta el clima ético que permita escuchar a los demás y no terminar imponiendo la cultura del látigo.
Por ejemplo, lo peor que le puede pasar a un jefe, aunque sea solo el jefe de un par de subordinados, es no formarse criterios propios. Algunos prefieren envolverse en la comodidad; algo así como: «Yo estoy para pensar, ustedes para ejecutar»; o en la peor de las variantes: «Yo estoy para mandar, ustedes para obedecer». Ante un tipo de pensamiento como este, el criterio de los demás molesta si rompe con la facilidad de vivir en el corral.
No están ausentes los que empujan una crítica de mala fe desde la sombra; ellos traen algo de Pilatos y siempre encontrarán una palangana para lavarse las manos… Ahí la crítica es un plato cocinado a espaldas del criticado.
Tampoco creo en los «perfectos», ni en los que dicen tener siempre la razón; aquellos que nunca dan al otro el derecho a la verdad esconden la vanidad de callar sus faltas.
No hay poder mayor que el de aceptar, en igualdad de condiciones, a los demás. Ese fue uno de los mensajes del filósofo hebreo Martin Buber cuando habló de la simpatía dialógica entre El Yo y El Tú… Por eso la crítica auténtica es construcción colectiva y no intercambio de mordidas.
Los compañeros de trabajo, desde el más sencillo que con amor limpia un piso, cuida la puerta de entrada, o tiene las mayores responsabilidades, son seres humanos y no objetos desechables. Son sujetos con defectos, dignidad, necesidades y, sobre todo, personas útiles que ocupan un lugar importante en el ejercicio de mover una fábrica, una institución, una escuela o el alma de una relación humana.
Cuando las personas son convertidas en objetos, la crítica es aniquiladora y enajenante. Debemos comprender que el socialismo no se libera de tales amenazas sin la ética de la solidaridad. Ganar esa batalla desde la lucidez sin odios, es el perenne desafío de una cultura emancipadora.
El asunto definitivo es que la crítica verdadera no es posible sin la autocrítica, sin un examen profundo de nosotros mismos, despojados de máscaras y de justificaciones para defendernos de la voz del otro.
Esa crítica es una conversación a solas con nuestra conciencia, con más piedad que maldad. Solo desde nuestras virtudes y miserias comprendemos el valor de los demás.
Y no crea que esto es demasiada filosofía, pero me aferro a la visión del poeta Samuel Feijoó: «Yo soy un cadáver prestado a la vida, por eso soy un hombre humilde». Al final, la vanidad va a parar al basurero de tantos olvidos.
Por eso, para que la crítica sea un acto de amor, necesitamos asumir la autocrítica con una humildad capaz de vencer la arrogancia de creernos infalibles. Sencillez para mirar hacia adentro y reconocer los errores propios con los que intentamos cerrar la puerta a los otros.


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Jorge Miranda dijo:
1
17 de enero de 2018
08:23:15
jpuentes dijo:
2
17 de enero de 2018
16:04:15
Juan Clemente Aguilera Carbonell dijo:
3
18 de enero de 2018
07:07:13
la cienfueguera dijo:
4
18 de enero de 2018
09:25:19
Yordanys Blanco dijo:
5
18 de enero de 2018
22:22:08
Itana dijo:
6
19 de enero de 2018
11:38:36
Néstor del Prado Arza dijo:
7
21 de enero de 2018
17:56:47
Julio Cesar Respondió:
24 de enero de 2018
08:34:51
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