Desde su mismo nacimiento, a la Revolución Cubana no le faltaron enterradores que, años tras años, pala en mano y tiñosa posada al hombro, proclamaron el fin de un proceso social que no soportaban.
Pudieran elaborarse compendios de escritos, análisis, proclamas y pataleos (no pocas veces risibles) en que medias verdades, patrañas y mentiras amasadas a partir de tendenciosidades permiten detectar el estilete inconfundible del odio.
No hablo de aquellos «enemigos» a los que el filósofo liberal Isaiah Berlin recomendaba leer para poner a prueba «la solidez de nuestras convicciones».
Tampoco de los que dicen, critican, o ponderan desde una objetividad y ética libre de dobleces.
El ciclón que acaba de pasar por Cuba –además de volver a poner a prueba las facultades de recuperación del país– ha servido para sacar a flote los bríos plumíferos de profesionales de la inquina, que se abrazan a cualquier dificultad para echar al vuelo campanas apocalípticas sobre el futuro de la nación.
Una campaña de palpable tendenciosidad política, que en su manto lúgubre recuerda a otras tantas que, a lo largo de casi sesenta años, terminaron vencidas por la luz.
Mientras el mundo se solidariza con Cuba, y el pueblo mete pecho para salir adelante como tantas veces, y salen a relucir historias que nos enaltecen en medio de la catástrofe natural, y nos seguimos preparando, y aprendiendo, porque la temporada de ciclones no termina, los envenenadores de siempre persisten en insuflar el mismo pesimismo de sus antecesores, aquellos que desde el mismo 1959 empezaron a pregonar tumbas que, al paso del tiempo –ese imponderable– terminaron habitando ellos mismos, mientras la vida continuaba.


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marcia moreno dijo:
1
20 de septiembre de 2017
08:40:20
Leonardo Castañeda dijo:
2
20 de septiembre de 2017
09:37:55
GUILLERMO ESTRADA MARQUEZ dijo:
3
20 de septiembre de 2017
12:25:51
Isabel sanchez dijo:
4
20 de septiembre de 2017
13:19:25
MSc. María Cardoso Cárdenas dijo:
5
25 de septiembre de 2017
14:17:51
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