
El día en que desembarqué en la Vocacional José Martí, con el maletín de mi amiga Keila en la mano derecha, su bolso de la merienda semanal en la izquierda, y mi mochila de camuflaje a la espalda, puse la vista en aquel laberinto y no estuve seguro de que fuese mi sueño. Para rematar, una verdadera witch (bruja, en inglés) hacía un diagnóstico recriminador de nuestras severas insuficiencias idiomáticas. Era la primera impresión de rigor académico que recibíamos en la Vocacional holguinera, con fama de acoger a los «cerebros mejor dotados de la provincia», a los «futuros hombres y mujeres de ciencia» que habrían de ser, según Fidel, el futuro del país.
Como azorados en territorio extraño, los de nuevo ingreso suponíamos infranqueable aquella mole de concreto, sin atrevernos a imaginar cuán buena o mala sería nuestra estancia allí. Temprano supimos, sin embargo, que los alumnos más viejos usaban bromas tan crueles como enviar a los «decimales» a buscar las llaves del «cero-cero» o del «aéreo», y en las noches podías ser víctima de una «moto» que te arrastraba por todo el pasillo, o de un «brillador» que lustraba la espalda del que viviera en el piso superior de la litera. Escapatoria no había.
Eso, más la prohibición de recibir visitas «comestibles» fuera de los miércoles, el acto de ver el noticiero estelar en un espacio colectivo donde nadie escuchaba nada, y de permanecer en el aula estudiando en un silencio sepulcral hasta las diez de la noche, tensó la cuerda de los primeros días. Sin embargo, la mayoría aprendimos a aceptar los rigores de la beca, lejos de casa, mientras otros contaban hasta los minutos que les separaban de cada franco o pase.
Recuerdo que en ese tiempo terminé más canteros que ejercicios de matemática; experimenté lo que era huir de la guardia a toda velocidad por el Paraíso, la azotea de los enamorados, encima del bloque central; y me hice experto en «doblar» en el desayuno si milagrosamente había yogur y pan con requesón, hasta que el director, Amel, que en gloria esté, me sorprendió un día y aprovechó para decírselo a mi mamá –en buena onda, pero delante de todos– en la primera reunión de padres del curso.
En esos años comprobé que «ligar» a una muchacha era una cuestión puramente «estomatológica», pero enamorar suponía todo un desafío. Confirmé que saber bailar casino era tan importante como respirar, y nunca sentí el apretón del ridículo con tanta fuerza como el día en que nos citaron a todas las «parejas oficiales» de la Unidad 3, para alertarnos que no debíamos tomarnos de las manos, al menos en lugares públicos, so pena de castigo por incurrir en «manifestaciones amorosas excesivas».
Eran tiempos difíciles, y en el menú del comedor no variaba ni el color metálico de la bandeja. Aprendí a aborrecer la guataquería, el fraude, la hipocresía y el abuso. Le huí al trabajo agrícola de la mejor manera que pude: me anoté en el grupo Élite de Español y le di la vuelta a Cuba a base de concursos. También hice excelentes amigos que aún me duran, aunque no nos veamos casi nunca. Y cuando los colegas descubrieron que en la madrugada me volvía un zombie, aprovecharon para saber quién era, en mi sonámbula opinión, la muchacha más linda del grupo 46.
Confieso que siempre que voy a la Vocacional siento una nostalgia sin fondo, pero nunca como la última vez, cuando intenté pulsar los avances constructivos del ahora Complejo Educacional José Martí, porque la «familia» ha crecido y ahora conviven cuatro escuelas (IPVCE, secundaria, pre y Formadora de maestros) donde antes habitaba solo una.
Caminé todo el edificio docente y llegué hasta mi antigua aula de 12 grado, sellada por las vacaciones y donde ahora se lee: Laboratorio No. 4, Unidad No. 1. Entonces me vi, 17 años atrás, frente a ese maestro verdadero que es El Ruso, para intentar la «misión imposible» de subir dos décimas en pmi; y abracé mentalmente a Milagritos, Chely, Miguel Rivas, Norma, Yolanda, Félix, Roche, Leovigildo, Yakelín, Isabel, Amado y el resto de los profes que nos formaron.
Me fui de allí con nuevas pruebas del significado de esa escuela en la vida de miles de adolescentes, que casi todos extrañamos a tantos años de distancia, como confiesan muchos en los muros de Facebook, y como compruebo yo, cuando un grupo de muchachos de la Vocacional holguinera, algunos con hijos ya, nos reunimos los 5 de agosto de los años pares, con el afán de repasar recuerdos de azul mientras atizamos una caldosa colectiva, aderezada con nostalgias y sonrisas.


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