
Chino González empezó a estar solo la noche en la que falleció su esposa.
Antes de eso, había convivido con ella por más de 20 años: habían armado una vida sin hijos y habían montado el pequeño negocio de una cafetería que, a la larga, Chino solo no pudo continuar.
Cuando lo conocimos, estaba arreglando un cochecito. Aguantaba la pequeña rueda plástica y martillaba. El pulóver sin mangas le descubría en uno de los hombros el tatuaje impreciso de unas letras. Fumaba.
–Yo me llevo bien con todo el mundo –dijo–. Y le hago un favor a cualquier vecino, porque yo tengo martillo, tengo serrucho, tengo de todas las herramientas. Aquí vienen con recogedores, con lo que sea: que mira, que Chino, que está roto. Y yo se los arreglo. Y en cualquier lugar donde me encuentre un palo de escoba yo lo recojo y lo traigo, porque a alguien le va a hacer falta, ¿entiendes?
«Y yo también sobo, y corto culebrilla. No le cobro un centavo a nadie, ¿entiendes? Pero al que le corto culebrilla, tiene que echar un pesito, pa’ que la gracia de la persona que soba no se le vaya».
–¿Cómo fue que aprendiste?
–A la edad de siete años, por un sobrino mío que estaba llorando, que tenía meses nada más de nacido, y entonces yo le dije a la madre de él: dámelo acá, que yo voy a sobarlo. Y dice mi tía: ¿cómo?, si yo lo voy a llevar a Media Luna, al mejor sobador. Digo: no, yo lo voy a sobar. Deme acá el aceitico. Hice así, pam, y lo sobé por los pies. Cuando llegó mi tía a Media Luna el niño había dejado de llorar. A partir de ahí, todo el barrio venía: Chino, Chino…
Ahora Chino está solo y, si alguien viene, monta la cafetera, hace preguntas. Se alegra aunque parece un hombre rígido.
–La culebrilla la aprendí por el abuelo mío, que él la cortaba con un machete. Y entonces yo me aprendí los rezos. Y el abuelo mío me decía: Cuando yo me muera, que usted sea grande, usted va a cortar las culebrillas, porque ya usted sabe todo.
–¿Y funciona?
–A las mil maravillas.
Soltó la rueda y salimos a un patio bastante amplio. Limpio. Había caras de gentes talladas en los troncos de los árboles. Una pequeña puerta cerrada, de madera, en una esquina.
–¿Y ese indio? (Una de las caras talladas en los árboles.)
–Bueno, cuando yo estuve en Angola, hice una cara en un palo igual que este. Y dije: coño, a este indio le voy a poner Guatire. Pero se me quemó el quimbo completo, se me quemó el maletín, se quemó todo, y la cara del indio no se quemó. Esa cara fue la que yo reflejé aquí. Y también le puse Guatire.
Chino talla raspando la madera con un machete. Luego pinta encima. Y talla en palo vivo porque, dice, un retrato está muerto cuando se hace encima de un palo muerto.
—Cuando hicieron el llamado pa’ Angola, yo me brindé. Estuve allá tres años. Yo manejaba un rpg7 que era muy efectivo. Y de instructor estuve, enseñando el manejo del cohete y todas esas cuestiones. A los tres años vino el relevo y vine pa’ acá pa’ Cuba.
Después de Angola falleció su esposa pero Chino prefiere no hablar de eso.
–Y este patio yo soy el que lo atiendo. Siempre lo tengo limpio. Y en las tardes, cuando hace mucho calor, yo vengo aquí y me siento a coger fresco. Y me fumo un cigarrito con mi café, o me tomo algún traguito algunas veces, ja, ja, ja.
–¿Y esto? (Le señalo una mesa con velas y con vasos con una foto grande de Fidel.)
–Yo soy revolucionario. Y entonces tengo a Fidel Castro ahí. Y mira a Celia aquí, mira.
Chino es de Media Luna (Granma) igual que Celia. Dice Chino que, cuando era muchacho, visitaba su casa.
–Celia era lo más grande que había aquí en Cuba. Muy inteligente y muy humanitaria. Ella pedía para aquel que le hacían falta las cosas, por eso realmente yo le agradezco todo, todo, todo.
–¿Conociste a Fidel?
–Sí, ¿cómo no? Yo lo conocí porque yo fui a un lugar que le decían La Ceiba, cerca de Cinco Palmas, y por ahí cerca él tenía un campamento. Y da la coincidencia que yo tenía una prima ahí, y cuando yo llegué, él estaba ahí almorzando, ¿entiendes?
«Entonces mi prima le dijo: mira, este es un primo mío, que está muchacho, que siempre viene por aquí a darme vueltas. Yo llevaba una escopetica de perdigones para matar palomas. Y Fidel dijo: pero él vino armado. Parece que se va a unir al campamento. Y mi prima: no, no. Él la trae porque esa es de pellets, y con eso él mata palomitas y esas cosas. Y Fidel me dijo: no las mates, chico. Deja las palomitas que vuelen… Porque él era lo más grande».
Entonces fuimos hacia la pequeña puerta cerrada, de madera, en una esquina.
—Les construí este cuartico a mis santos porque tenía que hacer algo para que se me olvidara aquello (la muerte de su esposa).
«Y mira, esto aquí son mis gallinas, que las tengo pa’ entretenerme, pa’ no morirme. Y están tranquilas y limpias. No molestan a nadie. Ellas son como un ídolo mío, como una persona que tenga un perro o un gato, ¿entiendes? Y si me quitan eso me están quitando todo. Me están quitando la vida a mí, porque eso es lo que me tiene vivo, y ya yo tengo casi 80 años».


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Aynel dijo:
1
4 de julio de 2017
21:42:49
julio Respondió:
5 de julio de 2017
10:33:54
José Alejandro dijo:
2
5 de julio de 2017
09:10:20
Ariel Núñez-Morera dijo:
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5 de julio de 2017
14:28:04
OrlandoB dijo:
4
6 de julio de 2017
06:01:45
Adán dijo:
5
6 de julio de 2017
09:07:32
yudit gm dijo:
6
7 de julio de 2017
16:55:49
elaine dijo:
7
12 de julio de 2017
17:36:42
daima dijo:
8
21 de julio de 2017
11:13:26
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