Todos lo dicen, y es verdad, el cubano no pierde la sonrisa, ríe ante sus propios problemas, ante las dificultades, aún en medio de un dolor que surca el corazón, pero una vez pasado el tiempo regresa con el rostro iluminado por esa humana capacidad de esbozar en los labios ese gesto, casi siempre muestra de alegría o satisfacción, y que a nadie se le ocurriría asociar a un sitio como un hospital, un cementerio y menos una funeraria.
De los servicios vinculados a ese último sitio se ha hablado en no pocos lugares de Cuba, por problemas que van desde las ofertas gastronómicas de allí, la calidad del féretro y las flores para rendir homenaje al difunto, hasta la demora del transporte que lo llevará hasta su última morada.
Una situación que al menos en la ciudad de Santiago de Cuba ha mejorado, según varios entrevistados que resaltan, incluso, hace algún tiempo, el cambio de las condiciones en esa institución pública, así como también la esmerada atención y sensibilidad que acompaña a sus trabajadores, comenzando por los choferes.
Sin embargo, algo más preocupa y tiene que ver precisamente con comportamientos que no dependen de medidas administrativas, sino de la educación recibida desde la cuna, el respeto y el sentir de cada cual.
No son pocas las veces que un familiar o un amigo, en su sentido dolor, ha tenido que abandonar el salón donde yace el occiso para pedir un poco de silencio y mirar caras sonrientes que, sin mala intención, crean un ambiente anacrónico y totalmente fuera de lugar en un espacio donde debe primar el silencio y la solemnidad, por respeto a quienes no están.
Somos humanos, claro está, a veces resulta difícil esconder las emociones, mucho más algo tan espontáneo como la risa ante un comentario o una frase ocurrente -esos que a los cubanos nos sobran-, pero de ahí a hablar sumamente alto hasta formar un gallinero, gritar y reír a carcajadas, hay un camino muy largo...
Pienso en estos momentos en esos cuentos de velorios sacados del campo, aquellos que narran nuestros abuelos, que se han llevado al contexto urbano y en los que la vis humorística no falta.
Pero esa «cuasi tradición» nuestra no justifica el irrespeto ante el dolor ajeno en las funerarias, un sitio donde salvando las distancias por sus características, sobre todo el constante flujo de personas, debería sentirse un silencio y una paz solo interrumpida por el llanto de alguien ante la triste realidad de la muerte.
Varios son los libros que recogen el tipo de humor negro que motiva la acción de «velar a alguien»; figuras como Héctor Zumbado y Onelio Jorge Cardoso inspiraron algunas de sus obras en encuentros funerarios, e innumerables chistes, no solo en Cuba, se recrean en esos ambientes.
Pero el respeto es esencial, más en momentos tristes, y no apelo al extremismo de un mutismo sepulcral en un lugar donde, como es razonable, la gente se reúne, conversa y se reencuentra con personas que no ven hace tiempo o con las que únicamente tienen la oportunidad de compartir en momentos como esos.
Sencillamente abogo por el buen comportamiento sin dejar de ser nosotros, muy alegres; apoyo el martiano axioma de ser arte entre las artes y monte entre los montes, defiendo la humanista voluntad de ponerse en el lugar del otro ante una pérdida.
La muerte es cruda, pero real e inevitable, nada puede hacerse, solo queda dejar que los otros lloren a los suyos en paz, y un buen comportamiento en el espacio destinado para ello sería un buen paso.
Todos lo dicen y no mienten, el cubano no pierde la sonrisa, pero también es capaz de solidarizarse cuando su prójimo, por esos golpes que impone la vida, la ha perdido.
No perdamos eso. (ACN)


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Lisvanys Martínez LTU dijo:
1
23 de diciembre de 2016
08:06:30
amado dijo:
2
23 de diciembre de 2016
11:51:00
francisco Respondió:
24 de diciembre de 2016
06:26:40
yusbamny dijo:
3
26 de diciembre de 2016
12:36:11
YASNEL dijo:
4
28 de diciembre de 2016
14:23:33
Nelson Carrillo Verdecia dijo:
5
28 de diciembre de 2016
16:30:29
Alian Miranda dijo:
6
29 de diciembre de 2016
01:16:36
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