Con frecuencia oímos decir que los lunes son días terribles. Días que ojalá no llegaran, de franco aburrimiento o desprecio total. Más allá de los diversos horarios que a cada cual corresponden dentro de su habitual ocupación, es sabido que la sentencia se adjudica al primer día laboral de la semana y que quienes insisten en defenderla responden fundamentalmente a una discordancia entre lo que hacen y lo que quisieran hacer, o lo que es lo mismo, son una víctima segura de lo que llamamos una pésima formación vocacional, pues —aunque los días de asueto son bienvenidos cuando realmente se es feliz con lo que se hace no se repulsa la próxima jornada.
La mayor parte de la vida se nos pasa trabajando. La diversión, la alegría, los buenos momentos siempre cuentan, pero basta que la salud se quiebre, que tengamos que encamar, para que la preocupación mayor sea, más allá de la recuperación física: ¡tengo que trabajar! La primera pregunta que hacemos al médico cuando el reposo se impone es cuándo podemos ir al trabajo, cuándo estaremos listos para continuar esa gran batalla de la fortuna que es desempeñarnos socialmente en un centro laboral, ejerciendo alguna función.
Sabias resultan las exhortaciones dirigidas a hacer un trabajo que se disfrute porque de ese modo se pasa la vida «sin trabajar». No es preciso explicar con detalles que los desvelos y altas metas se sienten menos si quien las concibe se deleita al efectuarlas. Pero no a todos nos está dada tamaña felicidad. Sobran personas que aborrecen su trabajo, y otras tantas, que si bien no lo detestan, tampoco se sienten motivadas en el puesto que ocupan laboralmente.
La formación vocacional constituye una labor que se inicia desde los primeros grados escolares, para lo que se debe aprovechar al máximo las posibilidades que brinda el proceso docente-educativo y transmitir a los estudiantes el amor hacia la profesión por la que se inclinan. Para ello funcionan —o deben funcionar— en los centros educacionales, círculos de interés que pretenden precisamente cultivar o despertar motivaciones asociadas a disímiles ramas, algunas de ellas totalmente desconocidas.
También el ejemplo personal funciona como un referente sólido en estos asuntos de la vocación. Esto explica los tantos niños que desde pequeños se inclinan por el magisterio (que dicho sea de paso, algunos adultos arremeten con la tendencia de sus hijos para que abandonen la idea a causa del sacrificio que entraña estar frente a un aula, pero eso es tema para otro comentario).
Pero no solo estos son los modos de encauzar la vocación de los que aún no saben qué harán con esa parte crucial que es el servicio técnico o profesional. No todas las muchas labores que existen tienen siempre un espacio para ser manifiestas. Es ahí donde juega un rol decisivo la transmisión de las experiencias y las lecciones de amor a lo que se hace que cada ser puede ¡y debe! dar de sí.
Muchas familias tienen profesiones comunes justamente por eso. La fuerza del empeño, el desvelo diario, la paciencia de enseñar, de comunicar a los que nos siguen ganan terreno en esta batalla por hacer que los otros amen lo que hacemos hoy.
En las conversaciones familiares no siempre está presente, o al menos no como se debe, este tema tan determinante en la felicidad de los hijos, pues no hay como salir al trabajo cada mañana como quien va a una fiesta. Cuando el trabajo es placentero la vida es alegría, cuando es un deber o una obligación, habrá marcha atrás cuando no desidia y falta de compromiso.
Encontrar ese rumbo que al menos tenga que ver con aquellas cuestiones que nos deleitan es una tarea de la sociedad y de la familia. Trabajar con amor es uno de los nombres de la felicidad.
El trabajo más eficiente es el que sale de las manos de una persona que lo disfruta. El mejor remedio contra todas las dificultades es el trabajo. Pensémoslo así siempre, pero más en estos primeros meses del curso en que los estudiantes se debaten en cuál será su continuidad de estudios.
Ayudemos a los que vienen detrás y un día harán lo que hacemos, a que sean personas satisfechas con su elección laboral, contémosles de las tremendas satisfacciones que provoca hacer un trabajo que nos guste. O alertémoslos para que no padezcan sufrir lo que no se ama. Pero no vilipendiemos a los lunes, que en verdad no son tan malos. Odiarlos nada resuelve. El problema de quienes no los soportan debe de ser que tienen el trabajo equivocado.


COMENTAR
Madeleine dijo:
21
18 de octubre de 2016
13:06:20
JOSE O FUENTES dijo:
22
19 de octubre de 2016
09:29:45
Roberto dijo:
23
19 de octubre de 2016
11:42:36
julio dijo:
24
19 de octubre de 2016
13:47:47
Reroko dijo:
25
19 de octubre de 2016
16:25:29
Madeleine dijo:
26
20 de octubre de 2016
10:16:47
Roberto dijo:
27
24 de octubre de 2016
11:34:03
Ileana dijo:
28
24 de octubre de 2016
16:30:18
lili dijo:
29
25 de octubre de 2016
12:30:09
Madeleine dijo:
30
27 de octubre de 2016
14:22:19
Responder comentario