Son las seis de la tarde y el ojo peligroso ha pegado su pupila a la punta de Cuba. La noche se avecina, y con ella una oscuridad más profunda que la habitual. El viento ya se siente, estremecedor, en el Oriente, y de manera simbólica en el resto de la Isla.
Una imagen, también simbólica, irrumpe en mi cabeza. Micaela. Una centenaria a quien la vida no le alcanzó esta vez.
Micaela se fue. Hace apenas unos días, cuando Matthew aún era una sombra pegajosa y acechante en el mar Caribe.
Pero Mathew fue un huracán de gran intensidad que colocó su ojo en la Mayor de las Antillas, tras haber cobrado varias vidas y recursos económicos en República Dominicana y Haití. Pareciera ensañamiento de la naturaleza con estos lares, aunque de seguro Micaela no lo hubiera visto así. Sus largos años fueron testigos de tantos fenómenos meteorológicos, a lo ancho y vasto del territorio nacional, que terminó por fuerza de costumbre aprendiendo a lidiar con ellos.
En otras palabras: «te odio, pero te acepto, y aprendo a convivir contigo», solía expresar con acciones cuando encendía su televisor o radio y escuchaba atentamente las recomendaciones de la Defensa Civil. Compraba alimentos de fácil conservación y ponía trancas a sus puertas y ventanas y aseguraba el techo.
No obstante, si la madre naturaleza, por algún sabio motivo, enviaba al fenómeno lejos de su morada, entonces su práctica se correspondía con los principios de la solidaridad. Micaela, como buena cubana, encendía sus velas y rogaba a las mil vírgenes, sobre todo a la Caridad del Cobre, que los daños fueran mínimos en las provincias. Lo cierto es que, la unidad de los cubanos brota ante la amenaza de un huracán, tormenta tropical u hondonada, que aun cuando difieren entre sí, el imaginario popular los agrupa bajo el título de ciclón.
El ciclón tiene la capacidad de unir a los de Oriente, Centro y Occidente, de evadir el regionalismo rancio, y no solo porque, como dice cierta canción, todos tengan algún pariente en «el campo» o porque «La Habana no aguante más», sino por un sentido de pertenencia que se traduce en el nacionalismo férreo de todo un pueblo. Un pueblo que sigue cada minuto los comunicados de prensa, y pone, junto al doctor Rubiera, sus ojos en el ojo del huracán que ha de levantar casas y árboles de raíz, y de arrasar a su paso con las cosechas de una temporada completa.
Lástima que ahora no esté mi vecina Micaela para calmar con su experiencia a varios, me dije cuando supe ambas noticias, casi al unísono, y se fundieron en una: a Micaela se la llevaba, como a Francisca, la Muerte; y la naturaleza, igual de parca, traía a Matthew. Pero luego, con un poco de calma, reflexioné sobre estos hechos, aparentemente inconexos, y terminé por creer, no por fuerza de costumbre, que esta no sería, en lo absoluto, la historia de un huracán sin Micaela.
No mientras alguien la recuerde, a sus más de cien años, preguntando desde el portal por «la gente de Oriente».


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María Elena Castaneda dijo:
1
17 de octubre de 2016
11:46:50
MSR dijo:
2
17 de octubre de 2016
15:28:51
Vivian dijo:
3
19 de octubre de 2016
10:27:52
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