Caminaba de prisa y se le notaba la alegría en el rostro, mientras sus manos sostenían dos cajas con ollas electrodomésticas acabadas de adquirir en una tienda recaudadora de divisas, pero bastó voltear ligeramente la cabeza ante el llamado de una amiga para que su pie tropezara con la base de lo que fue un farol, ubicado en medio de la acera.
Cayó de bruces sobre el pavimento y el contenido de las cajas se desparramó fuera de ellas. La dicha dio paso a la angustia, en tanto testigos presenciales solidarios ayudaron a incorporarla inútilmente, ante la evidente luxación de uno de sus tobillos.
A menos de dos cuadras del lugar dos jóvenes caminaban y charlaban, cuando una de ella pisó la lata que cubría un hueco de considerable profundidad hecho en la acera.
Por suerte, una mano extendida a tiempo evitó lo que pudo ser un accidente de consecuencias impredecibles.
Ambos hechos ocurridos el mismo día con escaso tiempo de diferencia hablan de los peligros que asechan a los peatones en su andar por las ciudades y dejan ver las indisciplinas sociales cometidas tanto por personas como por entidades estatales, en detrimento de la seguridad de la población.
La acera, en muchas ocaciones, ya no es un lugar seguro para los transeúntes; son numerosas las ocasiones en las cuales, sin permiso alguno, se abren huecos para instalaciones hidráulicas y después se dejan al descubierto o se les pone un pedazo de cartón o lata que no ofrece seguridad alguna.
Otro tanto ocurre con las empresas que dejan el trabajo a medias, no retiran los restos de asfalto después de reparar un bache, ni se preocupan por reponer un árbol o una lámpara de alumbrado público que fue arrancada, lo que convierte su base en una amenaza.
Tales conductas, además de atentar contra el ornato público, constituyen violaciones de la legalidad y debieran ser contrarrestadas con multas u otras medidas impuestas por el cuerpo de inspectores correspondiente.
Pero lejos de ello, la impunidad se adueña de la conducta ciudadana y cada quien obra a su antojo convirtiendo la urbe en un laberinto de túmulos y huecos con menosprecio al llamado realizado por organizaciones como la Asociación Nacional de Ciegos y Débiles Visuales y la de Limitados Físico-Motores para favorecer la locomoción de sus afiliados.
Un país con una tendencia creciente al envejecimiento poblacional, no puede obviar que las barreras urbanas constituyen un riesgo potencial para la salud humana al convertirse en causas de caídas y en consecuencia de posibles fracturas de huesos, más peligrosas cuanta más edad se tenga.
Abogar por ciudades libres de impedimentos en las aceras, lejos de ser un eslogan, es una cuestión de vida, de la cual nadie está excluido. (ACN)


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Maria Elena dijo:
1
30 de septiembre de 2016
10:48:25
jp dijo:
2
30 de septiembre de 2016
12:51:46
Fernando dijo:
3
7 de octubre de 2016
14:17:50
Rene dijo:
4
8 de octubre de 2016
13:49:14
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