Consolación del Sur, Pinar del Río, 1957.
La escena es la siguiente:
Tras la puerta hay un niño muy delgado. Casi tísico. Descalzo. El pelo oscuro le hace un redondel en la cabeza. Está sentado encima de una silla de metal y vinil y las piernitas no le tocan el suelo. No le alcanzan. Ni aunque se estire. El suelo es la argamasa de cosas que han ido sedimentándose con tiempo sobre el suelo, niveladas por pisadas humanas y animales, por el arrastre continuo de objetos. Tras la puerta no hay un suelo uniforme.
Tras la puerta, detrás del niño y detrás de otra silla, sobre una silla, una señora gorda pela una papa. Ella está en la cocina. La división entre sala y cocina la marca una cortina sujetada a una viga que también sostiene el techo. La cortina no cuelga. Está enrollada a la viga y de la viga también cuelga una virgen.
La señora mira al caldero puesto entre sus piernas. Limpia con el cuchillo la cáscara y la deja caer luego en una de las esquinas del caldero. En otra esquina coloca las papas que ya no tienen cáscara. Y en otra las que le quedan por pelar.
La suma no da más de tres papas.
Detrás de ella, encima de una meseta improvisada, que no es más que un saliente de la pared asido a un par de tarugos cilíndricos, hay un fogón pequeño. Algunos platos. Cubiertos y pañitos de cocina. Luego una puerta que conduce a un patio de tierra con dos gallinas y una cerca.
La estructura de la casa es de madera. El techo es a dos aguas. No está bueno.
Junto al niño, detrás de otra cortina, el dormitorio. Tiene el espacio exacto que ocupan dos camastros no muy grandes (un canapé y una cama personal), un quinqué sobre un estante y un espejo. La ropa cuelga uniformemente de percheros de alambre que cuelgan de un cordel grueso que va de un lado a otro de dos grampas, una en cada pared.
El dormitorio no se ve desde la puerta. Quien mira, entonces, desde la puerta, es Sara.
Sara es la prima del muchacho hético sentado a algunos metros de la puerta. Es, además, la prima de otros cuatro muchachos héticos con los que comparte la casa. Es la sobrina de la señora que pela las papas. Y tiene nueve años.
Está en la puerta.
Junto a Sara, de pie, está su maestra.
La señora que pelaba las papas repara en ellas. Deja su faena. Saluda a la maestra y la invita a sentarse. Con una seña, manda al muchacho a corregir los pliegues de las sábanas del dormitorio; a revisar que el baño esté limpio; que la cocina esté en orden. Cuela café. Conversa cortésmente con la maestra. Acaba la comida. Es poca. La fracciona…
—Una visita era una cosa sagrada —dice Sara, 60 años después—. Se le debía respeto. A la maestra porque era la maestra. Pero a cualquier persona que viniera a la casa se le trataba igual… Éramos pobres — dice—, pero dignos.
Sara cuenta y construyo esas escenas en mi mente. Las renuevo, las hago cotidianas.
Y pienso en cuántas cosas han cambiado, para bien, en seis décadas. Y en cuántas deberíamos retomar.


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Jorge dijo:
1
8 de julio de 2016
08:35:52
cubano100% Respondió:
8 de julio de 2016
16:58:29
Yinet tormo dijo:
2
8 de julio de 2016
11:05:48
Manolo dijo:
3
8 de julio de 2016
13:48:33
Jorge dijo:
4
8 de julio de 2016
18:32:13
Cubanotambien dijo:
5
11 de julio de 2016
14:00:03
Maestre Sheratowm dijo:
6
12 de julio de 2016
16:02:12
ELP dijo:
7
15 de julio de 2016
14:29:25
Gtl Brnal dijo:
8
18 de julio de 2016
09:50:10
JAHD dijo:
9
23 de julio de 2016
12:18:38
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