Quieren llorar. Desenrollan sus lienzos, los toman por las puntas, los despliegan. Quieren llorar. Y los levantan alto. Casi hasta la altura de sus cabezas. Quedan detrás. Y todo el auditorio ve entonces las figuras en los lienzos. Figuras con denuncias; frases cortas escritas en inglés.
Alguna de ellas toma un micrófono. Sus manos tiemblan. Explica que son madres de jóvenes afroamericanos muertos, víctimas del racismo.
Su voz segura se va haciendo trémula.
Habla en inglés. Muchos del auditorio le escuchan a través del traductor.
—¡El asesinato de negros y mulatos es una expresión brutal del imperialismo! ¡Pero el imperialismo es una bestia que está dando sus últimos estertores, y que busca destruir todas las fuerzas progresistas…!
Habla en inglés y apenas le comprendo. Sin embargo me pongo a imaginarme lo que sucede en las calles de Harlem (de Harlem, por ejemplo). Y no lo logro. Apenas he leído descripciones, o he visto filmes, pero no imagino qué puede suceder.
Mi panorama es otro.
Tampoco soy capaz de imaginarme la reacción de una madre a la que informan que su hijo de 17 años ha sido asesinado. Por negro. O que le han disparado mientras bajaba la escalera de high school.
—Hoy somos un pequeño grupo de madres, pero somos muchas en todas partes del mundo las que sentimos el mismo dolor. Por eso tenemos que decir basta; no puede haber más asesinatos en nuestras calles, ni en ninguna calle del mundo.
Tampoco soy capaz de imaginarme la reacción de una madre ante el cadáver de un hijo.
Y no tengo que imaginarlo. La tesitura sola de sus voces lo dice bien.
Las cámaras enfocan sus pancartas. En las pantallas grandes de la sala están, también, sus caras. Caras firmes. Inexpugnables. Pareciera a veces que no hay dolor en ellas.
—Pero esta es una lucha de principios. De humanidad.
Ninguna llora. Pero el auditorio es una masa silente.
El silencio es una forma de respeto.
—Pensaban que nos habían enterrado, pero no saben que somos semillas, y que vamos a continuar creciendo.
Y mientras hablan siento cómo crecen. Me tienen. Yo soy uno. Pudiera levantarme, agarrar una pancarta y decir basta. Germinar junto a ellas. Y no llorar. Porque cuando una causa es una voz que sale desde adentro, se hace una voz, también, que llega adentro. Que ensambla. Y porque todos, más de una vez, igual que Soren Kierkegaard, hemos sentido la inclinación a obligarnos, casi de una manera turbulenta, a ser más fuertes de lo que en realidad somos.


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Manolo dijo:
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anon4us dijo:
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abdel elias dijo:
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