
Hay algo profundamente conmovedor en el camino hasta la Playita de Cajobabo, algo profundamente íntimo en esa senda sobre piedras enormes que nos hacen pasar de a uno, uno y la piedra, uno y el sol, y el aire del mar que nos espera en la costa.
Es el sentimiento de que, no importa cuántos años pasaran, la roca que nos aguanta los pasos es la misma que soportó el cuerpo ligero de José Martí, la hidalguía de Máximo Gómez y los otros cuatro hombres que los acompañaron hasta allí.
Decir que es una forma de caminar las sendas de la historia pudiera sonar cursi, pero no hay nada más parecido a eso que recorrer el kilómetro que separa la carretera moderna del pedazo de costa que Marcos del Rosario —otro de los expedicionarios— marcó como el punto exacto del desembarco del 11 de abril de 1895, en una expedición posterior que además precisó los sitios de paso y descanso de los expedicionarios hasta Dos Ríos.
La geografía, por demás, es inmensa, imperiosa. El mar golpea rocas enormes antes de llegar con su calma de espuma hasta la arena, que no es fina como las playas turísticas, sino hosca. Si el suelo de la Patria existiera, uno típico, único, ese sería: punzante a la planta, y a pesar de todo querido, de cierta forma amante.
Es un sitio de reencuentro con la Patria, con el pasado, con uno mismo. El entendimiento del sacrificio ajeno que, de pronto, es inevitable sostener como una bandera, como un listón para el propio.
De cierta nostalgia, de cierto dolor: uno sabe que luego de la senda hermosa, de la playa de piedras, de la jutía y de la miel, de la naturaleza que en sus letras se advierte reluciente y única, de los grados de Mayor General, de su ánimo…, le esperará la muerte.
Todo a la vez en la ruta que empieza en la Playita de Cajobabo, otro sitio —y he aquí, la frase hecha de nuevo, pero no por ello menos cierta— que debería visitar todo cubano: Allí uno es capaz de sentir a José Martí.
Y falta que nos hace. Como aire fresco, como agua para calmar la sed de la nación, son los héroes. Recordatorios de la sangre y la lucha, ante los cuales uno inevitablemente se siente pequeño, aunque nuestras batallas no sean menos cruentas que las de entonces: solo el yugo no tenemos encima.
Playita, entonces, es un arma contra el desarraigo y el olvido, es una lección de constancia, de involucramiento, es una píldora de cordura. Es la necesidad de entender el patriotismo más allá del sentimiento de la permanencia, como un deber de hacer, que es el único modo de cambiar.
El orgullo de tener una Patria que nadie nos regaló, una Patria forjada desde el sacrificio. El orgullo, a fin de cuentas, de haber nacido en un país por el que generaciones enteras creyeron que era necesario luchar, y morir, y volver a nacer si tan solo fuera posible.
Y dicha. Playita es dicha. Y de las grandes.


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Reinaldo Cedeño dijo:
1
6 de mayo de 2016
09:43:31
Triple A dijo:
2
6 de mayo de 2016
11:50:22
Tomy dijo:
3
7 de mayo de 2016
10:02:30
merly bacallao dijo:
4
8 de mayo de 2016
06:41:32
Joel dijo:
5
8 de mayo de 2016
23:28:25
soraya Respondió:
11 de mayo de 2016
07:00:06
Yulier Ricardo Rodríguez dijo:
6
28 de mayo de 2016
10:30:04
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