Recuerdo esa mañana de julio, calurosa y con la humedad ambiental típica de esta zona del trópico. Todo estaba listo desde la noche anterior, el vestido, los zapatos, la cartera. Ese día subiría la escalinata por última vez como estudiante, todo parecía diferente. Rememoré ese septiembre, cuando vi de cerca la majestuosidad del Alma Mater y cuando junto a un montón de caras nerviosas, subí por primera vez la escalinata, como ritual de iniciación a la universidad. Allí estaba la biblioteca, la plaza Cadenas, los rincones más secretos de la colina universitaria, testigo del tiempo, de la historia, del esfuerzo estudiantil, de algunos amores de septiembre y de otros que no caducan con el tiempo.
Después de cinco años todo era distinto, la luz era más brillante, todos lucíamos trajes de gala, no había caras de sueño y nadie estaba preocupado por una tarea escolar pendiente. Los rostros demostraban orgullo, alegría y miedo. Esa era nuestra última vez como alumnos. Ese día vimos a nuestros maestros diferentes, más humanos, menos exigentes, más orgullosos.
Estábamos ansiosos por recibir ese papel que nos acreditaba como profesionales. Aún recuerdo el discurso de nuestro graduado integral, me conmovió, me dio escalofrío, porque en ese momento me di cuenta que era probable que no viera más a muchos de mis compañeros de clase. Nunca fuimos el mejor de los grupos, pero creo que eso es una característica de todas las aulas, pensar que no son lo suficientemente unidos.
Hoy, llevo casi 11 meses de graduada y he visto a muy pocos de mis condiscípulos, igual me sucede con mis profesores, nunca más los he visto. Pero en mi trabajo diario, los recuerdo siempre. Recuerdo a mi tutora, con el término metafórico de redacciones “macarrónicas”; utilizado por ella cada vez que alguien hacía muy densa su escritura. Recuerdo a mis colegas, incluso a aquellos con los que tuve más de un ligero desacuerdo académico, pero que se nos iba de las manos y con la pasión juvenil lo llevábamos al terreno personal.
Echo de menos a los mejores amigos que hice en la universidad, a los que apenas veo, pero sé que están ahí, del otro lado del teléfono. Sé que mis sentimientos de añoranza por la universidad no son un caso aislado, todos los que hemos pasado por los diferentes centros de enseñanza universitaria sentimos un orgullo particular cuando pasamos por la puerta de lo que fue nuestra casa durante cinco años.
Graduarse no es el final del camino, es el comienzo, es la línea de arranque y la meta es la que cada cual decida ponerse. A veces me siento desnuda de conocimientos, siento que después de haber estudiado durante cinco años no sé nada y consulto a mis compañeros para saber si están igual, y muchos están peor, porque realizan una actividad laboral completamente distinta a la especialidad. Pero al final, todos nos adaptamos y cada conversación termina con esa frase de nuestra querida profesora de Literatura cubana en quinto año: la carrera solo muestra las herramientas, para aprender deben saber llenar los espacios vacíos.


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Triple A dijo:
1
29 de abril de 2016
09:01:13
Sevillanito dijo:
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Dánae dijo:
3
29 de abril de 2016
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Jessica Valdes dijo:
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29 de abril de 2016
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Leydi dijo:
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Tu chini lindo dijo:
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29 de abril de 2016
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29 de abril de 2016
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liliana dijo:
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Alieski Avila Martes dijo:
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18 de mayo de 2016
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