Alguien no tiene a quién decirle algo. Llega al café y mira a todas las mesas llenas de gente. Hay ruido, y humo, y música. Nadie repara en él. Yo estoy sentado frente a una taza con un libro abierto. Advierto su presencia porque se acerca y pide, como un enigma, que le deje sentarse. Le digo que estoy esperando a alguien. A un amigo. Pero que, mientras tanto, puede sentarse. Y vuelvo a la lectura. Dice gracias, se sienta.

Alguien no tiene a quién decirle algo y esa es, probablemente, la peor de las soledades. Por eso comienza a contarme cosas. Dice, por ejemplo, que él era un tipo curtido y sensato cuando tenía mi edad, pero que, antes, cuando era niño, era un muchacho tísico. Se recuerda a sí mismo con diez años caminando descalzo junto a la línea del tren hasta la escuela, con los zapatos en la mano, lustrados, para ponérselos cuando llegara “para que no se ensucien. Para que no se rompan”. Porque eran únicos. El hombre cuenta y trato de ser esquivo, pero sus imágenes se vuelven más reales que las del libro y acabo escuchándole. Y mientras habla no hay ruido, ni música, ni siquiera el café.
Yo también cuento. Sin saber cómo he acabado diciéndole que en estos días el estrés me tuerce, que tengo despellejadas las manos. Mis cosas. Y nos hemos hecho amigos en diez minutos. O por diez minutos. Porque tampoco sé si vuelva a verlo. Pero no me interesa. Por lo menos mientras hablamos, porque entre nosotros se ha creado un ambiente de franqueza, de intimidad, que muchas veces cuesta crear con gente cercana. Y porque todo el mundo, en algún momento, quiere no estar solo. Quiere sentarse, hablar, saber que hay alguien que va a escucharle; alguien que, por lo menos, no va a dejar, por un par de minutos, que se proyecten todas sus historias contra el pabellón tieso del olvido (es una pelea soberbia que, como casi todas las peleas, han de llevarse a cabo, por lo menos, entre dos. Una pelea en la que uno, intermitentemente, escucha al otro, porque escuchar conlleva a que te escuchen, y a que, con ello, también tus historias venzan al tiempo, se enchufen con otras. Y crezcan, y maduren, y se ensanchen).
Este hombre, sin embargo, ha venido a despojarse de su soledad y ha venido, de paso, a llevarse la mía.
Su vida no va a perpetuarse nunca. Su muerte no va a ser llorada nunca. Eso me dice. Luego se levanta. Camina hacia la única puerta abierta con parquedad. En una mesa cerca pide una fosforera. Enciende uno de sus cigarros. Me quedo mirándolo. Lo hago mientras se aleja, cruza la calle ancha del semáforo, se hace una figura deleznable en el horizonte. Así. Lo miro y pienso. Desaparece y pienso. Y me consuelo. Llega mi amigo y pienso. Y me levanto. Y agradezco que tengo, por lo menos, quien me acompañe al cine.


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