Hay arroz allá abajo, junto al río. No sé si es mucho o poco, o suficiente. Desde mi lado de la ventanilla, en la guagua en la que viajo, veo el arrozal. Pero nunca he tenido que ponerme las botas y el sombrero, meterme hasta el muslo en el agua y, con los guantes, hacer eso que hacen los que veo desde la ventanilla. Recogerlo, supongo. Luego halarlo hasta aquel sitio donde, mediante algún proceso rígido, el cultivo primario acabará siendo el arroz que van a servirnos más tarde. Ese arroz blanquecino que, habitualmente, como con desdén.
La guagua viaja despacio. El sol es fuerte. No he mirado el reloj pero han de ser las nueve de la mañana. Y junto a la carretera, a uno y otro lado, hay arroz. Lo que me duele es que nunca había reparado en ello. He viajado mil veces por carretera y, hasta hoy, apenas me había fijado en el horizonte, en las lomas verdosas que chocan con el cielo. En todos esos paisajes presuntuosos, serenos, que uno mira con ojos de turista.
Hoy veo arroz.
Hay hombres y mujeres debajo de todos esos sombreros; doblados; con cansancio. Es probable que lleven varias horas allí; que hayan parado a fumarse un cigarrillo, a beber agua, a secarse el sudor, y que hayan vuelto al trabajo con un ímpetu que (recta y limpiamente) quisiera tener yo. Detrás de ellos, al final del camino, están sus casas. Creo que son sus casas. Hay algunas que hacen poblados. Hay también niños. Gallinas, bueyes, arados, carretas…
Los veo haciendo allí y me siento inútil. No por el hecho de que mis circunstancias no me hayan puesto botas. Sino porque hasta hoy no había sido tan perspicaz como para otorgarle a las cosas su valía verdadera.
No conozco el arroz —decía Brecht—; solo sé cuánto vale. Lo decía y no hablaba de mercado. Hablaba de algo humano. De ese algo en que yo jamás había reparado y en el que pienso mientras los observo; mientras los siento y voy formando parte de sus rutinas; y noto que ya no me parecen algo lejano. Mientras la guagua avanza; y llega a una ciudad bastante lejos del arrozal. La guagua en la que viajo transporta periodistas. Y hay cosas por hacer. Hay recorridos, entrevistas, conferencias…
Mi trabajo no exige que me doble; exige que piense. Y eso también cansa. Aunque después, cuando sirven la mesa, veo el cansancio de aquellas personas. Y la comida no me sabe igual.


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francisco dijo:
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18 de marzo de 2016
07:13:52
Inye dijo:
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18 de marzo de 2016
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18 de marzo de 2016
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Geobcn dijo:
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18 de marzo de 2016
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19 de marzo de 2016
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24 de marzo de 2016
14:56:01
jesus dijo:
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15 de abril de 2016
13:25:21
ivan dijo:
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15 de abril de 2016
15:17:58
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