Ahí viene Guillén, se daba la voz, y las miradas se iban a la escalera por donde Nicolás bajaba al taller de cajas y linotipos.
Era el periódico Hoy, instalado en el antiguo edificio de La Marina, y corría el año 1962.
Si Nicolás bajaba era porque había un texto suyo, o poesía, instalado en las ramas de hierro. Ya él traía las correcciones en una prueba de plana y estaba claro que no se marcharía hasta que las líneas de plomo fueran corregidas por el linotipista, y luego efectuado el cambio en las cajas. Como si fuera poco, Nicolás, siempre frente al cajista, daba la vuelta y leía directamente en el plomo el texto de la nueva línea. Después pedía, como última demostración de la seguridad absoluta, que le sacaran una prueba húmeda, para lo cual se entintaba la rama, se le colocaba encima un papel mojado de las dimensiones de una página de periódico y con un rodillo, presionando fuertemente, se hacía la impresión.
Un año antes, ya cumplidos los 15, yo era el muchacho del rodillo. Ahora, con 16, y gracias a que los viejos cajistas se proponían acelerar mi aprendizaje, podía ser el operario que chaveta en mano, loco por lucirse, se abalanzaba sobre la mesa a hacer las correcciones.
Y Nicolás se horrorizaba.
Se llevaba las manos a la cintura, respiraba hondo, miraba a todas partes para comprobar si algún viejo cajista entendía su angustia de pobre desesperado sometido a la inexperiencia (y posibles barbaridades) “del muchacho del rodillo”, pero nunca me contuvo ni dijo nada.
Acrecentó —eso sí— sus rigurosos chequeos.
Si con el cajista experimentado leía la línea corregida una vez, con el aprendiz que tenía delante dejaba media vista sobre el plomo. Y después, por supuesto, había que sacarle la prueba mojada.
Transcurrido el tiempo fue ganando (y dándome) confianza, porque estar frente a su mirada de adusto centinela era como enfrentar un riesgo a la exclusión eterna.
Durante aquellas noches y madrugadas interminables de los talleres me habló muchas veces de sus días de tipógrafo en Camagüey, oficio que amaba y aseguraba conocer perfectamente. Un día que estaba de muy buen humor hasta me retó, reloj en mano, a ver quién leía más rápido sobre el plomo.
Para entonces él usaba espejuelos y yo no.
Nada más que contar.
Solo que cada vez que veo una errata (y ya se sabe que desde tiempos inmemoriales se asegura en el medio que no hay periódico sin erratas) me acuerdo de Nicolás y —una vez nos reímos al hablar de ello— su látigo implacable para evitarlas.


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OrlandoB dijo:
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