Estuve 12 días de febrero buscando un regalo para mi novia. Doce días andando como un obseso las calles del Vedado; entrando en todas las tiendas posibles, en los hoteles. Doce días complejos. Porque basta que intuya que un regalo dice de uno mucho para el otro, para que no se me ocurra algo noble que regalar.
A mi novia le he regalado apenas unas flores y unas cerámicas, un par de veces. También le he escrito cosas. Pero a ella le encanta que se acerquen fechas célebres (cumpleaños, bodas, navidad…). Entonces se desvive. Pasa días pensando qué puede regalarle a quién, y que este no coincida jamás con el regalo del año anterior. Agarra algún dinero. Rebusca ofertas, cosas llamativas, rentables; cosas útiles. Llega a casa y me las enseña. ¿Le gustarán?, dice. Digo que sí. Entonces las envuelve en papeles de colores, lazos, cintas, una postal con una frase hecha que simule algo personalizado. Luego la ceremonia de la entrega…
Yo desde niño tengo como un trauma con los regalos. Me cuestan trabajo. Mi madre se empeñaba los días del maestro. Escudriñaba la casa. Se quitaba cosas suyas, las más nuevas posibles: champús, cremas, desodorantes. O (y es aquí donde entra al ruedo la palabra dinero) salía a comprar. También armaba lazos y cintas, envolvía cada cosa en tiras de papeles que, recuerdo, traían dibujos de gatitos tiernos; ponía a cada paquete su específico nombre; guardaba todo dentro de mi mochila. Y yo entregaba a cada maestro el pequeño detalle. Año tras año, rutinariamente. Y a cada uno se le acumulaban los regalos encima de la mesa. Luego la fiesta…
Y llegó aquel maestro que pidió a cada niño su regalo. Estábamos sentados cada uno frente a su mesa, después del matutino. Había pocos padres en el aula. Y mi mochila estaba sobre mis piernas. Eso lo recuerdo. El maestro llamaba y cada niño se levantaba, llevaba el obsequio, él lo desenvolvía y lo mostraba a los demás niños. Hubo regalos caros, regalos menos caros. Mi regalo, probablemente, una vez desenvuelto, no fue más que un jabón, una colonia, no estoy seguro. Pero bien recuerdo la expresión de su cara: una alegría tremenda ante unos tenis, una camisa; en detrimento de una cara seria frente a los que, como yo, le llevamos una sencillez.
Eso devino entonces en tratos desiguales. Y en las quejas de muchos padres. Y en que lo expulsaran meses después. Pero aquellos paquetes envueltos en papeles con gatitos felices comenzaron a quedarse en mi mochila; comenzaron a aparecer desenvueltos, como un misterio casi imperceptible, en todas las gavetas de mi casa. Año tras año. Hasta que me hice grande y, por secuela, se me hizo costoso regalar.
Aún no he olvidado su cara. Ni he olvidado desde entonces que un regalo dice mucho del uno para el otro. Aunque ese mucho (ahora entiendo) rebasa el hecho material. Es el problema del gesto; de que el otro sepa, al menos, que la estima de uno no equivale al precio del regalo, sino que uno le estima realmente; que le aprecia.
Así que este febrero acabé, y esto ya es algo cotidiano, algo que pasa todos los febreros, incrustado en la hilera de comprantes del pabellón en que venden collares, aretes, pulsos, felpas, en el Morro; mientras, en los edificios contiguos, alguien tenaz andaba consiguiendo literatura. (Por cierto, nadie, nunca —salvo mi madre, a veces—, me ha regalado un libro.)
Ahora febrero está al despedirse. Con sus compromisos. Pero ya a mi pequeño, sin saberlo, se le encima su cumpleaños dos.


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francisco dijo:
1
26 de febrero de 2016
06:37:34
Zzz dijo:
2
26 de febrero de 2016
12:08:44
Fabiana dijo:
3
26 de febrero de 2016
14:01:42
Fabiana dijo:
4
26 de febrero de 2016
14:02:25
Mayelin dijo:
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26 de febrero de 2016
14:40:05
Manolo dijo:
6
26 de febrero de 2016
15:43:52
anibal garcia dijo:
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26 de febrero de 2016
19:05:47
jorge dijo:
8
27 de febrero de 2016
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Leandro dijo:
9
27 de febrero de 2016
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POLLO dijo:
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29 de febrero de 2016
08:21:33
yurniet dijo:
11
2 de marzo de 2016
10:05:29
Geobcn dijo:
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2 de marzo de 2016
13:36:17
Aymelis dijo:
13
2 de marzo de 2016
16:09:52
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