
Un año nuevo presupone cambios. Pintar la casa, poner la repisa, limpiar a fondo, organizar los closets. Cambios sencillos que son una imagen, una representación nuestra, condensada, de cambios más complejos: ser felices por fin, poner empeño en el proyecto antiguo, hacer las cosas que uno quisiera hacer. El año nuevo implica despojarse de las miserias del año anterior. Estar dispuestos a acumular derrotas nuevas, canas, intenciones truncas. Y triunfos, alegrías, cosas que saldrán bien.
Así que uno se engalana desde diciembre, reúne a la familia, promete, se esperanza, se imbuye en el proceso de tradiciones y festividades con fe. Y es esa fe la que nos mueve. La fe infinita de que el año nuevo será mejor que el anterior; la fe en algo que nace, que es para bien. Es eso, en definitiva, lo que se celebra. Pues se dice que el nuevo año transcurre con el espíritu con el que empieza.
La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde, a un destino ilustre o que carece de importancia. Eso lo dijo Gasset. Pero esa empresa humilde, cuando es humilde y simple a conciencia, uno aspira a hacerla gloriosa. Por eso trabaja, se esfuerza, se desdobla un año entero, una vida entera, para ser capaces de gozar, al final, del resultado. Eso es esta fiesta. El orgullo tremendo por ese resultado. Y el impulso para emprender de nuevo la rutina del año nuevo que se irá también.
Así que, ¡vamos!, pon la repisa, organiza los closets, pinta la casa. Luego bebe, come, vístete lindo, levanta las manos y da la bienvenida al tiempo que comienza. Después de todo —dicen los filósofos— es necesario, siempre, reinventarse.


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MIGUEL ANGEL dijo:
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1 de enero de 2016
15:14:01
Villanueva dijo:
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4 de enero de 2016
09:55:50
Manolo dijo:
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5 de enero de 2016
10:01:13
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5 de enero de 2016
17:58:08
Jorge dijo:
5
7 de enero de 2016
12:33:55
Natahalia dijo:
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7 de enero de 2016
16:43:34
Rosy dijo:
7
29 de enero de 2016
15:55:15
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