¡Triste el que muera sin haber
hecho obra!
José Martí
Lo que hay que hacer es zafarse del lazo de la inmovilidad, de la parálisis, levantarse y hacer; anticiparse a lo que habrá mañana; pararse de la cama cuando la alarma suena y llueve, y urge, y no quedarse en casa, dormitando, con las manos vacías de trabajo, vacía la cabeza, también. Pensar molesta. Trabajar cansa. Es eso. Aunque es por eso que al final de la vida has hecho poco. Y es tarde.
Estoy pensando, por ejemplo, en mi abuelo. Está postrado en una silla desde muy joven. Desde adolescente. Sus piernas son de caucho, sin embargo se levantaba siempre con las ganas de ir al taller, de leer el periódico, leer, en fin, saber. Y ahora sabe. Al final de la vida mira atrás y está en el taller, frente a una maquinaria, reparando zapatos ortopédicos. Lo recuerdo. Y al final de la vida saca de la gaveta con orgullo una foto con Fidel, y un auto viejo, polaco, que, si bien me han dicho todos, se ganó por vanguardia nacional.
Y estoy pensando en mi abuela. Negra, pobre, huérfana, antes del 59. Cargando agua del pozo a la cabeza y amarrando tabaco, haciendo carbón para vender barato. Haciendo. Repartiendo papeletas para apoyar la lucha clandestina. Y luego militante cederista, y cocinera en una pizzería, CVP en un contingente, ama de casa, criadora de hijos y de nietos. Feliz. Ahora se sienta, se acomoda el dolor en las rodillas, deja el bastón a un lado y me dice que hay que aprovechar el tiempo. Que hay que ser útil. Esa es la palabra. Ser útil.
Luego mi abuela paterna, mi tía; mi bi-sabuelo cargando a la espalda sacos grandes con comida desde Matanzas, en tren, para nosotros. Combado en un central azucarero desde los siete años, madrugada tras madrugada. Estoy pensando en ellos. Orgulloso.
Sin embargo, me molesta ver gentes desahuciadas, inmóviles. Gente joven, musculosa, vital, en una esquina fumándose los días, viendo series, novelas; y quejándose. Jugando dominó, hablando de fútbol, de reggaetón, de dinero; y quejándose. Del país. Del calor. De que no tienen. Y siento rabia.
Los imagino a ellos como mi abuela, madrugando siempre, sin una madre de la que agarrarse. O sin piernas. O como los cientos de niños sin brazos, autistas, ciegos, o disártricos, que amanecen riendo, que conviven, que asisten a la escuela. Los he visto. Me he criado entre niños así. Y siento un orgullo tremendo de que hayamos crecido juntos. Siento amor por ellos. Y una rabia tremenda por los vagos de mi edificio, de La Habana entera, de Cuba toda. Hay vagos. Eso es cierto. Inventan, sobreviven, se divierten; engordan, beben, fuman. Y se quejan.
Esas gentes, un día, mirarán al pasado. Y con ellos no habrá pasado nada.


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Joan dijo:
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23 de octubre de 2015
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jp dijo:
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Hanoi dijo:
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