—¿En qué trabaja tu mamá?—, le preguntó una niña de unos seis años a la mía, dos menor.
—Trabaja en el periódico, es periodista—, se apuró en decir quien escoltaba a mi pequeña.
—¿Y qué lleva a la casa entonces, periódicos?
—Sí, periódicos—, respondió el adulto.
—Mi mamá es lavandera —siguió muy orgullosa—, y trae jabón y detergente. Mi mamá lava y mi papá cuenta lo que ella trae y vende, detallaba para, al momento, volver a la inocencia de los juegos infantiles.
Periódicos. Llevo a casa eso, periódicos llenos de borrotones, imágenes de periódicos impresos en hojas blancas, que son de prueba, pedazos de periódicos nacionales que creo necesario guardar.
Eso, periódicos. Periódicos y ya. Lo mismo que, más de una vez, he tenido que responder ante alguien que juzga la valía de una profesión de acuerdo con lo que sea capaz de proporcionarle, más allá de su salario: un esquema mental que responde a esa pirámide social en la que un maletero de hotel gana más que un médico cirujano. El mismo que dicta como entendible, como común, que el cocinero se lleve la comida, que el médico cargue con jeringuillas y medicamentos, que el mecánico disponga de piezas, y el jefe de lo que sea que tenga bajo su mando.
Un esquema que, aunque no se lleva en la sangre, pareciera destinado a formar parte de la herencia de esta generación a sus hijos gracias a años de repetirlo y que, no por eso, deja de ser incorrecto.
Es, me dice alguien, la filosofía “del invento” y la “lucha” de muchos cubanos y que enmascara una mala práctica que, cuando lo miramos sin edulcorantes, es sencilla y llanamente, robo.
Cuando digo muchos, lo hago con responsabilidad. Porque los hay por ahí que mantuvieron la compostura cuando parecía que la sociedad toda se fracturaría ante el peso brutal de las carencias, de la carestía de todo, hasta de aquello que nunca pensamos que nos podría faltar, y de esa manera fueron la columna vertebral y la guía, a su manera soporte, la imagen de la resistencia más completa y necesaria en esos años.
Y es preocupante. Pero no lo es solo por la naturaleza del hecho mismo, del robo como forma de vida, sino también por su representación en la mente de las personas, como el hecho de que lo asumamos sin vergüenza y seamos capaces de transmitir, eso mismo, a nuestros hijos.
Esa niña orgullosa de la “lucha” de sus padres es lo verdaderamente triste en esta historia.
Los padres, y así lo prevé incluso el Código de Familia vigente en Cuba desde 1975, no solo están en la obligación de dar alimento a sus vástagos, también son responsables de “la formación moral y educación de los hijos para que se desarrollen plenamente en todos los aspectos”, y de acercarlos a la ética revolucionaria que es lo mismo que la ética humana.
Y no es poca cosa. Cada generación tiene en sus manos la suerte de la siguiente. “No podemos aspirar a edificar algo, si no nos edificamos primero a nosotros mismos”, decía el filósofo alemán Friedrich Nietzsche sobre los hijos, y esa es la idea.
Ser mejores, formar hijos que nos superen…, es uno de los muchos caminos para edificar, desde las mismísimas raíces, un país cada vez mejor. Así que sí, con mucho orgullo: A mi casa, que es la de mi hija, solo llevo periódicos.


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Santiago dijo:
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Daniela Valle Aragón dijo:
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