
Casi nunca es lo mismo un sí que un no como respuesta. Entre estas dos variantes muchas veces se debaten cuestiones definitivas, asuntos de gran importancia que tienen un peso en nuestros sentimientos y aspiraciones.
No hablaremos en estas líneas de ese No necesario, que acaso debemos aprender a decir, a juzgar por las muchas ocasiones en que ofrecemos un sí incierto, para que no se nos piense mal, para procurar ser más agradables o para admitir reprimendas que no creemos merecer del todo.
Tampoco se trata de ese No zalamero que hemos dicho alguna vez con los labios, pero que desmienten claramente los ojos y los modos de comportarnos, y llega a ser por ello casi un sí rotundo para el otro que nos hace el juego; ni de ese, que acompañado de argumentos y buenas maneras, intenta explicar a quien anda en busca de un sí, los motivos por los que se les responde con una negativa.
Hay un No impío que vive en la boca de algunos obstruyendo el triunfo del sí. Un No que presume de autoridad y que colinda con la insolencia porque a su sonido nasal y redondo —si miramos sus rasgos fonéticos— lo acompañan todo tipo de gestos de fastidio, indiferencia y falta de voluntad para convertirlo en una respuesta afirmativa que puede ser un asunto “de vida o muerte” para quien la recibe, o en última instancia, un problema menos de los que lleva encima.
En todos los sitios pueden hallarse estos seres adictos al No, pero hay contextos donde es más nociva su permanencia. Si en nuestra familia o grupo de amigos los tenemos localizados, el “daño” es menor, porque aunque puede el No arruinar la dicha de un momento, o la salud de las relaciones interpersonales, la escala es más íntima, incluso más fácil de enmendar. Pero cuando estas personas ocupan puestos sociales y ofrecen con franca desvergüenza su palabra preferida, el No puede llegar a hacer estragos.
De esas personas con cara de No estamos rodeados, por lo que no es difícil toparnos con ellas lo mismo para hacer un trámite legal, con sus correspondientes papeleos, que para acceder al más simple de los servicios. Un No sin explicaciones ni elementos que puedan hacer que nos retiremos más satisfechos, sale gruñón y ronco lo mismo de un carnicero si le preguntas si vino algún producto, de un vendedor al que le molestan las indagaciones sobre lo que vende, que de una recepcionista a la que le preguntas si quedan turnos para el podólogo.
Sucede que en ocasiones el No, tiránico —o flemático—, queda mal parado cuando a la par de su articulación lo desmienten situaciones justicieras que pueden venir de otra persona que interviene para reprobar con sencillos elementos la denegación; o de la propia escena del “crimen”, cuando por ejemplo una vendedora en una farmacia nos dice, sin virar el cuello para comprobarlo, que no hay tal o más cual medicamento, cuando lo estamos viendo en el estante que tiene a la espalda.
El No que se ríe jubiloso de la cara asustada que lo recibió parece no tener contención. No suelen analizarse en reuniones laborales, que podrían ser muy bien aprovechadas, las conductas al respecto de quienes muestran la cara de una institución, de quienes deberían tener en su contenido de trabajo y en su convenio laboral, la responsabilidad de hacer que quienes se le acercan salgan tratados del mejor modo posible.
Pero no solo entre recepcionistas, vendedores, custodios, o gastronómicos están los portadores del No. La palabra, ubicada en estos contextos poco sensibles, es usada como trofeo también por directivos, instituciones, organismos a los que pertenecemos… que de tomarse algún esfuerzo por intentar revertir esa respuesta a peticiones o propuestas de sus subordinados, podrían contar tal vez con un equipo de trabajo más comprometido.
Construir un colectivo cuesta mucho esfuerzo. Derroches de desvelos, amor, entrega, concesiones y valoraciones no son siempre suficientes. Muchos de los que se destruyen o no llegan a serlo tienen sus raíces en negaciones proferidas por superiores, muchas veces dotadas de altas dosis de caprichos, que tal vez vistas desde otros ángulos, hubieran podido dar una solución positiva antes de espetar el No aparentemente triunfal, pero perdedor como todo aquello que nos disminuye.
Pensar en las consecuencias que para los otros —y hasta para nosotros mismos—puede tener un No inapelable, antes de lanzarlo, sin buscar alternativas de antemano; ignorar el disfrute que sin dudas tiene el mostrarse en disposición de ayudar cuando está en nuestras manos, o cuando solo requiere levantarnos de la silla, podrían ser, al menos, los primeros móviles para cambiar esas actitudes hostiles que hacen de nuestra convivencia laboral y social una incomodidad agobiante.
El NO irreverente se instala cada vez con más fuerza, hasta se acompaña de expresiones como: ¡Total, si no es mi familia!, y otras por el estilo. A ese mal, comodón y resuelto, que se cree con más derechos que el que necesita una réplica satisfactoria, solo nosotros lo podemos detener. El escenario es complejo. Pero es preciso sacudirlo y poner a ondear las banderas de los afectos, del deber que tenemos como seres humanos con nosotros mismos. Saberlo extendido e ineficaz, es tan solo el primer paso.


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rcatoni dijo:
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10 de julio de 2015
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Rene dijo:
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