Sin falsos “chovinismos” ni “pueril ni romántico alarde”, suelo decir que pertenezco a una generación que pudo guardar en sus recuerdos infantiles hermosas emociones. Los cubanos que fuimos niños en los 70 tuvimos el privilegio de vivir en un país que estrenaba, hacía poco más de una década, un proyecto social que priorizó, entre muchos otros beneficios, la educación gratuita y obligatoria para todos sus habitantes.
A la labor de la escuela, convertida cada día y durante ocho horas en la casa grande, y habitada por maestros de probada vocación, se sumaba, en el empeño de formar a las nuevas generaciones de cubanos, una programación televisiva que —aun cuando carecía de los recursos tecnológicos con que pudiera contar hoy— dejó huellas muy hondas en los pequeños de entonces.
Simples canciones —aunque no canciones simples— de letras entrañables como Barquito de papel, Protesto, La muñeca fea o Amiguitos vamos todos a cantar, vienen a mi mente, junto a muchas otras, cuando pienso en esa etapa esencial en que el mundo se nos abría como una concha llena de sorpresas para recoger esencias que duran para siempre. Programas como Amigo y sus amiguitos y Tía Tata cuenta cuentos; mensajes educativos y de corrección de la lengua materna por medio de graciosos y efectivos animados, y hasta un grupo musical —de esos que no ceden su lugar en el hit parade de los afectos— contaban entre aquellos productos culturales que los niños necesitaban oír.
Temas que hablaban de los derechos de los niños, el amor, la amistad, la paz, la patria… “tocaron” en sus canciones Los Yoyos —integrado por títeres humanísimos y casi perfectos— para llegar a los niños como una caricia suave y firme a un tiempo, como para sembrar con la dulzura de una melodía esos valores imprescindibles sin los que no se puede ser un ser humano completo.
Pero había un espacio que tenía lugar de lunes a viernes y ninguno de nosotros se podía perder. Cuando ya estaba lista la comida y las tareas escolares posiblemente hechas, el reloj del espíritu nos avisaba la hora de las aventuras, un programa destinado a los más pequeños —aunque deleitaba a la familia entera— y que por décadas cubrió necesidades que hoy no tienen resueltas en materia televisiva nuestros niños.
La falta de ese espacio se siente como una orfandad que no pueden suplir las series extranjeras —u otras propuestas— que se exhiben en ese horario, por muchos años ocupado por las aventuras, las cuales durante mucho tiempo no han vuelto a producirse.
El amor por nuestros actores y por nuestra televisión nacional es también el amor por Cuba. Conocerlos desde pequeños, en espacios destinados a los niños, es un modo también de cultivar el respeto y la admiración por los profesionales del patio, por aquellos que comparten con nosotros idéntica suerte.
Nuestra generación recuerda en plena juventud a actores que continúan hasta hoy en la pequeña pantalla como Obelia Blanco; Rogelio Blaín; Luis Rielo; Enrique Almirante, ya fallecido, o Cristina Obín, por solo mencionar unos pocos de una larga lista, y no podemos menos que quererlos y recordarlos con gratitud por todo lo que sus personajes nos aportaron.
La literatura universal y la nacional salió bien parada también con las aventuras al llevar a estos formatos obras de las que no pocos pueden hablar hoy, aun sin que hubieran sido para entonces amantes de la lectura. Bien seleccionadas estaban las creaciones literarias que se llevaron a los dramatizados televisivos de entonces a juzgar por la imantada atención que prestaban sus pequeños televidentes, los que se comportaban como fieles seguidores de las aventuras que no podían ser desplazadas fácilmente por otros entretenimientos.
Así fueron abriéndose paso en nuestro corazón personajes universales del género aventura como el capitán Tormenta, Enrique de Lagardere, Pierrot, el corsario negro, Robin Hood; el prisionero de la máscara de hierro, Memé, entre otros, como también la historia patria se ponía al trasluz viendo a nuestros artistas desempeñarse en roles heroicos de nuestras guerras independentistas.
La música de los nuestros se nos pegó también por las aventuras. ¿Cómo olvidar en la voz de Sara González la interpretación del tema Un hombre se levanta (o Antesala de un tupamaro) que compuso Silvio expresamente para Los comandos del silencio dirigida por Eduardo Moya, sobre los Tupamaros de Uruguay? ¿O al propio Silvio, junto a Pablo y Sara cantando el poema Masa, de César Vallejo, para Tierra o sangre?
Los ejemplos que ilustran los aportes de las aventuras serían muchos, incluso diferentes para unos y otros. Pero siempre un saldo en aras de dignificar por medio de una propuesta cultural la sublimidad espiritual del público televidente. En aquel entonces fueron propuestas a las que grandes precariedades no pudieron arrancarles un ápice de verosimilitud.
Bosques de cartón y barcos apenas sin movimiento no fueron barreras para que creyéramos en ellos como mismo creíamos en el chin chin de las espadas y sables que hacían chocar los soldados de bandos diferentes.
Ojalá entre los futuros proyectos de la Televisión Cubana cuente la restauración de este espacio cuya ausencia no parece andar buscando un regreso. Soñar no cuesta nada, pensemos entonces que los niños cubanos de hoy, antes de dejar de serlo, tal vez consigan sumar a sus actuales entretenimientos la alegría de encontrar a sus actores convertidos en personajes de aventuras.


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virgen pereira cervantes dijo:
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23 de abril de 2015
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arojas Respondió:
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Tamakun, El Vengador Errante dijo:
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25 de abril de 2015
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