
La Cruzada Teatral es muchas cosas: mochilas, historia, esfuerzos, gente que acomoda los huesos en el frío helado de la noche para que la sonrisa descanse y esté lista al día siguiente, pero sobre todo, la Cruzada es un sueño que, cuando parta de nuevo hacia las serranías guantanameras al amanecer del 28 de enero, completará su edición 25.
Diga lo que diga Gardel, no es poco. Implica resistencia y camino andado y desandado de buenas y malas maneras. A veces a pie, otras en mulo y en los últimos tiempos en algún camión de cama generosa donde los teatristas se agarran bien del entusiasmo durante 34 días.
La Cruzada es un niño que sonríe, año tras año, hasta convertirse en un hombre o una mujer amante del teatro, y un adulto que le dice a un personaje que “por ahí no se fue el diablo”, y lo repite, desesperado…, hasta que cae en la cuenta, también a viva voz, que ese muñeco que está preguntando “está sujeto por un palo”.
Y un pueblo entero con nombre de fruta identificado con un artista que cuando llega la Cruzada a sus predios saca carteles que, la primera vez, pusieron de bocas abiertas a los miembros de un grupo de teatro danés: ¡Viva la Cruzada Teatral!
Pero también ha sido incomprensión, y esfuerzo por la empatía…, porque no siempre los esperaban y no siempre los comprendían o apoyaban. En los tiempos iniciáticos, cuenta Emilio Vizcaíno —incorporado en 1996 y su actual director—, “nos recibía la amabilidad, los amigos que habíamos cosechado el año anterior”.
Fueron duros aquellos días, los caminos por los que desandaban con la mochila a cuestas, llevando lo poco que se podía, mientras las arrias de mulos cargaban los calderos, las casas de campaña y el mínimo retablo, y lo esencial para pernoctar siempre cerca de un río…, y las noches.
Escuchando de los protagonistas las historias de esa primera vez, en aquel enero de 1991, uno bien podría preguntarse qué combustible fue capaz de hacerlos regresar al próximo, y al que vino después, y a todos los que llegaron hasta sumar este cuarto de siglo en el que pueblo y teatristas se han reconocido y aceptado.
Pues la Cruzada, me alerta Ury Rodríguez, el más longevo en ese evento que hoy llega hasta a las zonas más intrincadas de Manuel Tames, Yateras, San Antonio del Sur, Imías, Maisí y Baracoa, “es un trueque en el que cada uno aprende del otro, es un teatro participativo donde tanta valía tiene el actor como el público y donde este se ha acostumbrado a intervenir naturalmente, de tanto sentirlo suyo”.
Es parte de su encanto, un encanto que ha sumado a la tropa de cruzados a actores, investigadores, críticos, periodistas, teóricos, gente que siente y vive del teatro. Armando Morales, Omar Valiño, Maité Hernández Lorenzo…, son de los más constantes y queridos.
También es, sin proponérselo, un abrazo de humanismo para las más de 200 comunidades que visitan. Es el arte para todos soñado y que, cada día, se hace hecho en funciones que llevan lo mejor del arte de las tablas a las serranías de la provincia más al este de Cuba. Federico García Lorca, Miguel de Cervantes, Alejandro Casona, Dora Alonso, Javier Villafañe…
Y es magia, y beso, y calor humano, y asombro. La vida entera, el teatro, la luz…, en una mochila.


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Sulfuro dijo:
1
27 de enero de 2015
13:15:28
ROLDANIS dijo:
2
19 de febrero de 2015
22:32:04
ROLDANIS dijo:
3
20 de febrero de 2015
22:06:41
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