Cuando el inefable Justino disparaba uno de sus párrafos, siempre le ponía el extra al verbo: “¡En mis tiempos!...” Y usted ya sabía que detrás de la acostumbrada frase venía una de sus anécdotas, tan imaginativa como increíble.
¡En mis tiempos!... Lo censuraban hasta más no poder porque eligió para compartir alegrías y tristezas a una matancera de 20 años en lugar de una mujer madura de 40. “¿Dónde aparece escrito que yo contravenga alguna ley por preferirla así?” De tal modo se ponía en guardia cuando le tocaban el tema, pues ya él pasaba de la media rueda de los 50 años.
La pregunta-respuesta dejaba patidifusas a las contemporáneas del barrio, quienes veían en Justino a un “viejo verde”, casquivano, y no al creyente en el amor sincero. Como para él todo en la vida era relativo, la diferencia en almanaques no le preocupaba en lo más mínimo.
Justino, en su partida, dejó gratos y controversiales recuerdos, pero nunca escapó de la crítica de los retrógrados por la afinidad que le unía a la yumurina.
Quienes desaprobaban cómo ponía en práctica el concepto de relatividad en su diario quehacer —siempre le dispararon a boca de jarro— se quedaron sin pólvora cuando Justino llegó al epílogo de su existencia, porque aquella muchacha que un día escogió por esposa (a quien le doblaba la edad), lo acompañó hasta su último amanecer, junto al hijo cobijado con mucho cariño en pareja.
Dicen que existe un lugar para cada cosa y que cada cosa debe estar en su lugar. Entonces, ¿cuál es el lugar de los sueños? ¿Acaso hay edad para soñar con los pies en la tierra? Las Matemáticas enseñan que dos más dos son cuatro, pero ante la relatividad de determinadas acciones en la vida de cada uno de nosotros, no siempre esa suma ofrece un saldo fijo.
La existencia se ha de asumir con decisión, imaginando como si cada mañana al despertar fuera la última oportunidad para disfrutar de lo bueno y, al mismo tiempo, ponerle cara a las dificultades, desprejuiciado por la edad, porque nadie tiene la verdad absoluta en eso de sacar cuentas ajustado a la mayor o menor cantidad de años de quien se pretende juzgar.
En cierta ocasión —contaba Justino cuando ya raspaba la curva de los 60— un amigo le mostró tener un lado flaco, porque en lugar de expresarle beneplácito por el nacimiento de su hijo, únicamente pretendió encerrarlo en el apretado espacio de la censura. Le dijo algo así: Fulano, antes de tener ese niño pensaste que cuando él cumpla 20 años, tú qué podrás aportarle si estarás circundando la rotonda de los 80.
“Mengano, respondió el aludido. ¿Cómo sabes lo que voy a vivir? Pero, supongamos que mi tope fueran las ocho decenas, ¿cuánto amor, honestidad, bondad, nobleza, sentimientos de solidaridad y amistad compartiríamos mi hijo y yo a lo largo de esas supuestas par de décadas? ”
Tras experimentar tantas emociones, existir un día más o menos, era relativo para Justino. Esa fue la cuenta que sacó el inefable, quien no disimulaba su enfado por no entender por qué algunos cantantes salen de noche en televisión luciendo espejuelos oscuros; o si ya no se le llama la atención a una persona que se sienta a la mesa sin dejar a un lado la gorra que trae ajustada a la testa.


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la cienfueguera dijo:
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7 de noviembre de 2014
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alfonso nacianceno dijo:
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7 de noviembre de 2014
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Christian dijo:
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7 de noviembre de 2014
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fernando lopez dijo:
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9 de noviembre de 2014
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francisco dijo:
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Nestor Pinero dijo:
7
10 de noviembre de 2014
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alfonso nacianceno dijo:
8
10 de noviembre de 2014
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sergio linietsky rudnikas dijo:
9
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Yoyi dijo:
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Karel dijo:
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Edgar dijo:
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judith dijo:
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2 de diciembre de 2014
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