
Todos hemos estado ahí, parados en ese lugar, en ese momento en el que un simple movimiento nos haría cruzar la delgada línea invisible entre lo que está bien y lo que está mal, entre lo que es y no es éticamente correcto. Y precisamente por común, por cotidiano, es que es tan difícil poder ver cuándo atravesamos los límites.
Como seres humanos la prueba está en muchas partes: en el sencillo acto de ceder nuestro asiento en una guagua, a pesar del agotamiento del día, a alguien que lo necesita más; o el turno en una larga cola, o compartir lo poco que tenemos. Esas encrucijadas diarias que se visten incluso con el ropaje de la vida profesional y nos retan a tratar de encontrar el camino correcto.
En ello pensaba cuando leía en estas mismas páginas los comentarios de otros colegas, y en la web las opiniones de los lectores, muchas de estas últimas cuestionando, sobre todo, la tendencia a privilegiar en la salud y la educación, a quienes ofrecen regalos.
Y hablo de encrucijadas porque, ¿acaso está mal aceptar la gratitud de los demás hacia nosotros?
Hace un tiempo, una amiga médico de familia me comentaba el caso de una paciente que siempre que iba a verla al consultorio, le llevaba limonada endulzada con azúcar prieta y pan con revoltillo. Nadie mejor que ella, que por la situación de salud de la mujer visitaba su casa, sabía lo que significa para su maltrecha economía aquella merienda, pero a pesar de eso, no la rechazaba. La primera y única vez que lo hizo la mujer rompió a llorar, porque aquella era su manera de mostrar agradecimiento, y venía desde el corazón, aunque tuviera humildes envolturas materiales.
No se trata entonces, para mí, del acto en sí, sino de la actitud que asumimos, del camino que elegimos entre los muchos posibles.
Otro médico al que admiro me decía que mientras hubiese un solo niño esperando en su consulta, a la cual venían enfermos desde muy lejos, a él le era imposible pararse a tomar un descanso. Aceptaba sus regalos, sí, pero jamás por no llevarlos relegó a alguien o dejó de atender a un paciente con esmero.
En cuestiones de moral y ética no hay fórmulas matemáticas, la suma de dos más dos nunca será únicamente cuatro, porque median las circunstancias, las nociones del bien y del mal, lo justo o lo injusto. Pero, no por flexibles debemos abandonar los cuestionamientos, la duda en ese momento exacto en el que estamos a punto de cruzar los límites.
Cuenta un amigo que su médico de familia, el mismo que no hace mucho desandaba las selvas de la amazonía venezolana, ahora halla pesado visitar en su casa a una anciana de más de 90 años que vive al doblar del consultorio en su barrio.
Otros me hablan de maltratos y falta de sensibilidad en policlínicos, hospitales, y no faltan incluso las cartas y opiniones recibidas en la redacción del periódico, que claman porque el aumento de salario con el que se ha beneficiado al sector de la Salud, tiene que verse respaldado ahora por una conducta más ética y responsable.
Es triste escuchar que, mezclados con los miles de profesionales que han asumido la misión de curar como un sacerdocio, andan algunos inescrupulosos que se atreven incluso a poner precio a exámenes y procedimientos médicos que en Cuba, desde 1959, nunca han hecho diferencias entre quienes tienen más o menos o piensan distinto.
Son estos algunos ejemplos, para mí, de personas que hace tiempo, ante esas pruebas que retan nuestra ética, olvidaron cuestionarse con severidad y han escogido el sendero de las justificaciones para su modo de actuar.
No obstante, y aun cuando esas realidades nos golpean en el rostro, discrepo con quienes asumen que tales conductas son la expresión más fehaciente de que es imposible cambiar las cosas; con los que piensan que si existe gente que es capaz de poner en riesgo la salud de otros en su afán de lucro, ya nada hay que hacer con el maestro que vende un examen o el panadero que se lleva la harina y el aceite.
Y mi desacuerdo no es únicamente por el optimismo ciego de creer en las virtudes de esta sociedad que se ha tratado de edificar sobre paradigmas más humanos, al contrario, creo que no ver descarnadamente lo que ciertamente está pasando a nuestro alrededor, es la manera más rápida de perder lo que hemos alcanzado.
No se trata de fe entonces, sino de la certeza, porque los conozco, de que todavía hay quienes no se mueven al ritmo del dinero. Gente que todavía siente aguijonear la duda cuando se acerca a las pequeñas encrucijadas que nos pone la vida.


COMENTAR
Gonzalo Hernández dijo:
1
27 de junio de 2014
01:58:31
Edgar dijo:
2
27 de junio de 2014
11:01:38
Gonzalo Hernández dijo:
3
28 de junio de 2014
01:32:41
Orlando dijo:
4
28 de junio de 2014
09:04:28
Nestor pinero dijo:
5
28 de junio de 2014
09:58:51
nora botello dijo:
6
29 de junio de 2014
13:16:27
carlos agustin gonzalez gonzalez dijo:
7
29 de junio de 2014
22:03:18
jolubaro dijo:
8
30 de junio de 2014
08:26:08
Edgar dijo:
9
30 de junio de 2014
11:51:31
Miguel Hdez dijo:
10
30 de junio de 2014
17:13:10
DON dijo:
11
1 de julio de 2014
11:21:26
YANES dijo:
12
3 de julio de 2014
10:59:25
SHG82 dijo:
13
3 de julio de 2014
11:34:41
SHG82 dijo:
14
3 de julio de 2014
11:36:39
Mary dijo:
15
4 de julio de 2014
14:48:28
alberto dijo:
16
19 de julio de 2014
05:59:55
Responder comentario