Si los gobiernos estadounidenses tuvieran ética, el bloqueo contra la pequeña y digna Isla de Cuba, ni se hubiese impuesto, y mucho menos se hubiese mantenido y fortalecido, como ocurre hoy.
¡Cuán cerca estamos geográficamente —estadounidenses y cubanos! ¿Cuánta colaboración ha dejado de existir en estos largos años de afán por destruir la Revolución Cubana? ¿Cuánta cultura ha sido desaprovechada?
Si nos fijamos bien, lo único que ha triunfado en quienes lo imponen, es el odio, el egoísmo, la arrogancia y los gérmenes fundamentalistas que han caracterizado a la casi totalidad de quienes —republicanos o demócratas—, han ocupado la Casa Blanca.
En Cuba, mientras tanto, ha crecido la amistad, la solidaridad, el amor, en un pueblo que resiste y vence, aunque tenga que hacerlo en condiciones adversas.
Creo que no sería absoluto asegurar que el mal es sistémico, y solo enfrentándolo, puede ser vencido. Cuba es una víctima de ese monstruo que se ha hecho potencia, explotando, apropiándose de riquezas ajenas, haciendo guerras y bombardeando países, o desarrollando la industria armamentista, no solo como garantía militar de su existencia, sino como sostén de una economía montada sobre esos preceptos.
Lo que ocurre contra la nación caribeña deja al desnudo a gobernantes estadounidenses sin valores humanos, a monstruos que aplauden cuando millones de mujeres, niños y ancianos, sufren de carencias para curar enfermedades y viven al borde de la asfixia por habitar en una Isla que quiere la paz y el desarrollo.
A pesar de esa obsesión por destruirnos, hemos sido un pueblo de gigantes, de valores, de cultura solidaria y donde el odio nunca ha formado parte de la política hacia otros pueblos.
Cuba ha sido, por todos estos años, un asiento para el diálogo y la paz, donde se han hecho acuerdos históricos, como el rubricado entre el Gobierno y los movimientos guerrilleros de las FARC, de Colombia y el más completo de todos, la declaración de América Latina y el Caribe como Zona de Paz.
En casi todo el planeta Tierra, incluyendo Estados Unidos, los pueblos ven a Cuba como el país amigo, la nación solidaria capaz de enviar médicos a salvar vidas en más de cien países y en los más intrincados lugares de cada uno de ellos.
Una Isla que nunca ha agredido a nación alguna, que conoce el terrorismo solo porque ha sido víctima de él durante muchas décadas, proveniente precisamente de territorio estadounidense y con apoyo de los gobiernos de ese país.
Me imagino esta vez —una vez más—–, cuando, en la gran sala de mármol verde, en la ONU, la pizarra marque los pocos votos habituales a favor del crimen, allí estará el del gobierno sionista de Tel Aviv. También podría haber algunos otros que se sumen amenazados por Washington.
Eso es lamentable, como también lo es que por estos días se haya permitido en la propia ONU, que la representación estadounidense escenificara un show circense de mala monta, llevando hasta allí a terroristas buscados por la justicia, criminales que, por estar albergados en Estados Unidos, no han cumplido penas y ni siquiera han sido juzgados.
¡Qué horror y que vergüenza —o mejor dicho, desvergüenza— ver al representante del país anfitrión de la ONU, el mismo que bloquea y asfixia a nuestro pueblo, amenazar abiertamente a representantes de otras naciones, con que «o votan contra Cuba o podrían recibir varios tipos de sanciones económicas y diplomáticas!».








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