Siempre supe que la única forma para apagar –o lograr disminuir un fuego– es echándole agua o algún otro líquido o producto fabricado para esos fines.
Ahora, luego de ocho décadas de vida, me resulta casi imposible creer que, en la actualidad, en un mundo con «candela por todas partes», los autores de hacer arder la vida humana, en vez de apagar fuegos, echan más leña a la hoguera.
Me explico: en la era actual la diferencia consiste en utilizar para ello, no las teas encendidas de antaño, sino los cohetes, misiles, bombardeos, ametrallamientos y hasta lanzamiento de «la madre de todas las bombas». Como para no dejar nada vivo.
Pongamos algunos ejemplos de estos mismos días. Recientemente el Pentágono informaba que un tercer portaaviones, el USS Roosevelt, con unos 10 000 marines adicionales se incorporará a los mismos mares, cercanos a Irán, Israel, Palestina, Yemen, en fin, a un Oriente Medio convertido en volcán, tanto por un gobierno israelí y un primer ministro fascista como Benjamín Netanyahu, como por una administración estadounidense –guía y financista de todas esas acciones.
De no ser así, cómo podría explicarse que en esa zona ya se encuentran los portaaviones USS George H.W. Bush, que arribó en abril, y el USS George Washington, que llegó a mediados de agosto, así como otras dotaciones militares, en las diversas bases que tiene EE. UU. en el área.
Abiertamente las autoridades yanquis aseguran que todas esas fuerzas están dirigidas a la guerra contra Irán, nación a la que se pretende nuevamente bombardear, una vez pasada la fecha de las elecciones de medio término, del martes 3 de noviembre, en Estados Unidos.
¿Cómo entender a un mundo donde una Administración de corte fascista, que incita la incertidumbre y la inseguridad, haga depender, de un proceso electoral interno, a una población mundial necesitada de paz y desarrollo?
Mientras, en el volcán del Oriente Medio, el genocidio israelí se propaga. Además de proponerse y realizar acciones para extinguir la población palestina, tanto en Gaza como en la Cisjordania ocupada y el propio Jerusalén, extiende sus tentáculos al Líbano, con bombardeos y ametrallamientos diarios, destrucción de infraestructura y obligando a que los habitantes que sobrevivan al crimen, tengan que escoger el largo e incierto camino de la expulsión de sus lugares de vida.
El gobierno sionista no solo bombardea y mata, sino que anuncia públicamente, como lo hizo el ministro de Defensa de Tel Aviv, Israel Katz, que el estado hebreo podría ampliar la ocupada zona del Sur del Líbano, territorio que no abandonará hasta tanto logren que el movimiento Hezbolá sea desarmado totalmente.
El ministro del Estado sionista declaró, además que se está aplicando allí lo que llamó «el modelo de Gaza». De acuerdo con reportes de Telesur, los bombardeos sionistas han arrasado más de 60 aldeas y destruido 23 000 viviendas.
De acuerdo con informes de la ONU, aproximadamente 330 000 personas permanecen desplazadas, a las que se suman 200 000 residentes forzados a abandonar la zona ocupada por Israel.
De igual forma, el Ministerio de Salud del Líbano reporta al menos 4 389 fallecidos y 12 424 heridos desde el pasado 2 de marzo, durante los bombardeos israelíes.
La UNICEF confirmó que 770 000 niños libaneses sufren graves secuelas psicológicas debido a la agresión de Israel que los ha obligado, junto a sus familias, a abandonar sus viviendas.
En medio del genocidio contra Gaza y los constantes bombardeos contra el Líbano, a principios de esta semana el primer ministro sionista, recibió al secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, en una visita no divulgada previamente.
Una pregunta que debiera responder Washington es: ¿hasta dónde está implicado el gobierno de EE. UU. en la guerra genocida contra Gaza, donde, según datos del Ministerio de Salud de ese enclave, hasta mayo del presente año ya habían sido asesinados más de 73 000 palestinos?
Entre los asesinados, al menos 20 179 son niños y más de 10 000 mujeres, a los que se suman más de 173 252 heridos, (incluidos al menos 40 500 niños y 19 000 mujeres) –y más de 14 400 desaparecidos, entre ellos 4400 mujeres y niños–, según Save the Children.
Vale decir también que, en la propia Organización de Naciones Unidas, cuya misión fundamental es lograr la paz en el mundo su Consejo de Seguridad nunca ha podido ni siquiera exigir un alto al fuego por parte de Israel, pues Estados Unidos veta toda posible alusión a Israel y a Netanyahu, aunque sepa del crimen que se comete contra la población palestina, fundamentalmente contra los niños y mujeres.
Pertenecen a la ONU los 1 600 trabajadores sanitarios y 390 trabajadores de agencias y dependencias, como la que atiende los Refugiados, (UNRWA), muertos en los bombardeos israelíes, (el mayor número de víctimas en la historia de la ONU).
También han fallecido bajo la metralla israelí 259 periodistas y 120 académicos, que cumplían labores profesionales al momento en que un misil cegara sus vidas.
Desgraciadamente, el fuego no solo existe en el Oriente Medio, sino que se incentiva en grandes proporciones, cuando el Pentágono de Estados Unidos, traslada a la región nuevos portaaviones, decenas de miles de militares y otros componentes, incluyendo la llamada por Trump como «madre de todas las bombas», que pretende lanzar contra la República Islámica de Irán.
Mientras, el protegido y financiado gobierno sionista de Israel, continúa su genocidio y se siente seguro e inspirado en su función de punta de lanza contra Irán y los movimientos de resistencia de la región.








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