A mediados del siglo XX, Cuba tenía una mortalidad infantil muy alta: cerca de 80 muertes por cada 1 000 nacidos vivos en 1950, pero a partir del triunfo revolucionario del 1.º de enero de 1959, el indicador inició un descenso sostenido y profundo. Bajó a 61,7 en 1960 y a 38,5 en 1970. Para 1990 estaba en 9,94 y en 2000 llegó a 6,13.
Ese avance se explica por las políticas de salud pública universales, inclusivas y gratuitas, aplicadas por la Revolución, por un fuerte enfoque en la atención materno infantil y por mejoras en el saneamiento y la educación.
Durante la década de 2010, la tasa se estabilizó en niveles muy bajos, comparables a los de países desarrollados. Osciló entre 4,0 y 5,0 muertes por cada 1 000 nacidos vivos: fue de 4,3 en 2015 y de 4,0 en 2017 y 2018. Con esos números, Cuba se consolidó como una referencia regional en salud infantil.
Sin embargo, desde 2019 la tendencia cambió, la tasa subió a 5,0 ese año, dio un salto hasta 7,6 en 2021, en coincidencia con la pandemia, y tras una breve estabilización alcanzó 9,9 en 2025, el nivel más alto de las últimas décadas.
Ese aumento entre 2018 y 2025 se vincula con el recrudecimiento de las sanciones de EE. UU., que provocó una gran escasez de medicamentos e insumos, y con los efectos de la pandemia.
También coincide con la política de máxima presión de la administración Trump, con el perfeccionamiento y la ampliación del bloqueo económico, comercial y financiero, llevado a una precisión inusitada por el actual mandato republicano, agravada además por el cerco energético.
Según análisis de expertos, la cuenta se acerca a 7 000 niños muertos por esa política de Washington, niños que antes se habrían salvado. Si la cifra no es aún más dolorosa, se debe a la efectividad del sistema de salud cubano.
Para entender el contexto conviene mirar América Latina y el resto del mundo. Los índices de mortalidad infantil, entendidos como las muertes de menores de un año por cada 1 000 nacidos vivos, muestran grandes contrastes.
En la región, Chile y Uruguay registran las tasas más bajas, con 7,5; Cuba presenta 7,2 y también se sitúa entre las más favorables, aunque en 2025 llegó a 9,9.
Haití vive la situación más crítica. Las estimaciones más recientes sitúan su tasa en 71,6, y algunos análisis históricos la han calculado por encima de 130; Bolivia ronda entre 38 y 41,8; Colombia, 11,93; República Dominicana, 13,4; Jamaica, 18,6, según estimaciones de 2025; Brasil, 12,2.
A escala global, la mortalidad infantil se concentra de manera abrumadora en África subsahariana, los índices más altos del mundo, según datos de 2025, corresponden a Sudán del Sur, con 71,9 por cada 1 000 nacidos vivos; Nigeria, con 70,1; Somalia, con 67,3. Níger, Liberia, Zimbabue, Guinea, República Centroafricana, Lesoto y Chad completan la lista de los diez países con cifras más alarmantes.
En la desarrollada Europa, Moldavia tiene un índice situado entre 13,5 y 15 muertes por cada 1 000 nacidos vivos, según el Banco Mundial y Unicef para 2023. Es la tasa más alta del continente; Turquía muestra alrededor de 9,1 a 10, y Albania, entre 8 y 8,3.
Hay un viejo dicho que aquí se cumple: los datos desmontan el relato. Cuba, a pesar del cerco brutal, sigue estando entre los países donde los niños tienen más perspectivas de nacer, sobrevivir y crecer.
Fuentes: Euronews, Instituciones.sld.cu, Portal Cuba, Iris.Paho.org, Cuba.Unfpa








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