La discusión no es por cómo y qué vestir, cómo y qué comer, cómo y qué cantar, cómo y qué hablar; aunque también un poco. No es por si piden o no piden disculpas desde el otro lado del océano, a pesar de que ese sería, probablemente, un gesto luminoso.
No es una disputa solo de nostalgias, ni siquiera un intento desesperado por vivir en ellas. No es soñar con viajar en el tiempo, ni congelar épocas, ni defender presuntas purezas de sangre y organización de la vida, ni competir para ver quién se parece más a los abuelos y abuelas de quienes asegura venir.
La cuestión es poder tener, al fin, la conversa entre nosotros mismos, una difícil y larga en sí, sin que esté maleada por gente de fuera que
particularmente ni nos respeta ni nos quiere, pero sí nos necesita y algo busca.
Es también por redefinir nuestros márgenes y nuestros espacios de existencia, por conectar unos con otros, por entendernos más grandes que el pedazo de horizonte hasta donde nos llega la vista, por asumirnos muchos y muchas dentro de un algo con vida, irreverentes y unidos, sin que lo uno mate lo otro.
Venir de ser colonia a veces puede sentirse como llevar la columna vertebral fracturada. No es solo el hecho de haber sido saqueado, es también la sensación de que seguirá ocurriendo y de que no hay forma de impedirlo. Es la autoestima casi nula de algunas víctimas, que renuncian a defenderse y a ser, y creen necesitar de la dura existencia de su verdugo para sobrevivir.
En América Latina hay monumentos y estatuas que aún hoy reverencian al exterminio humano. Muchas de ellas tienen que ser custodiadas por la Policía las 24 horas. Podría parecer una cosa de espíritus. Del ánima de unos muertos, siglos después, cargando contra el ánima de otros.
Pero es cosa de vivos. De vivos de hoy que entienden que la existencia y prominencia de determinados símbolos tiene su correlato en la ausencia de derechos concretos; en un racismo vivo también; en ciudades gentrificadas, que a un costado parecen del primer mundo y, en el inmenso resto, una novela costumbrista; policías amables para unos y con ametralladoras para otros; el sonriente «pase usted por aquí», contra la mirada perdida que intenta hacerte entender que en realidad no existes.
Y es que es esa la pregunta central de la liberación descolonizadora: ¿Acaso existen ustedes? Ya Roberto Fernández Retamar se encargó de responder eso en sus múltiples visitas a la metáfora shakesperiana de La tempestad.
En cualquier caso, aún en el año 2000, Retamar insistía en exaltar el derecho de Caliban a la fuerza y a la furia…, y a fin de cuentas, su derecho a ser:
«Desgraciadamente, nada hace pensar que la dolorosa aunque fiera imagen de Caliban tienda a ser innecesaria, porque se hubiese desvanecido la temible imagen de Próspero. Por el contrario, hoy, a más de medio milenio de 1492, cuando se inició el actual reparto de la Tierra; a más de un siglo del 1898 que reveló nuestra patética modernidad, tiene más vigencia que nunca».








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