ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
¿Qué querrá decir esa niña continental enroscada en mi bandera, rodeada de rostros de Allende y carteles antifascistas? Foto: Mario Ernesto Almeida

El 11 de septiembre de 2026, una muchacha perdida entre la multitud que se concentra a las afueras del Estadio Nacional de Chile está envuelta en la bandera de Cuba. No va gritando nada. No la eleva con sus brazos. No la agita. Solo camina con tranquilidad junto a otros y otras que no deben sobrepasar los 20 años.

Uno de ellos le pregunta que de dónde sacó eso. Ella se encoge de hombros y no responde mucho, pero no la guarda. La veo a escasos metros de mí. Es mi bandera la que lleva a cuestas.

Si fuera un buen periodista, sí o sí tendría que acercarme a preguntar. «¿Por qué la traes? ¿Quién te habló de ella por primera vez? ¿Qué significa para ti? ¿Qué mensaje pretendes emitir con eso? ¿Está orgullosa tu familia? ¿Con qué sueñas?». Huelo la náusea de solo imaginarme coprotagonizando esa escena.

No se me ocurre nada prudente para decirle. Asumo como un acto violento llegar hasta su espacio más inmediato, que en una concentración de miles de personas no es el físico, sino el comunicacional directo, y decir que soy…. Sería un episodio de pedantería, pienso.

Con el solo balbucear «soy de Cuba», se desataría ipso facto esa violencia epistemológica que endiosa a los «especialistas» y que, a veces sin quererlo, otras a propósito, manda a callar, a no hacer, a no sentir, a no tocar ni el viento, si no tienes una explicación lógica y estructurada detrás, si no has estado, si no has vivido, si no has nacido.

De haber dicho «soy de Cuba» y una letra más, quizás olería a rapto, a secuestro del bendito instante en el que Cuba es ella y casi solo ella en esta inmensa explanada.

Puede que lo mejor hubiera sido eso: decir «yo soy de Cuba» y mirarla con afecto. ¿Un abrazo? Pero ni siquiera. Solo la miré de reojo por algunos segundos, como quien descubre al cisne salvaje y, con la pseudoimpunidad de la que gozan quienes llevan una cámara fotográfica a la vista, le asesté dos fotos, de las que probablemente nunca sepa.

¿Qué querrá decir esa niña continental enroscada en mi bandera, rodeada de rostros de Allende y carteles antifascistas, en un sur que a ratos parece desolado en su afán de estirarse hasta el fin del mundo?

Nunca lo sabré con exactitud. De alguna forma elijo no saber mucho más que lo que está ante mis ojos: la fuerza del gesto, la belleza del símbolo, la potencia del contexto. Cuba ahí: en mí, silente, ensimismado; y en ella, vuelta destello y luz con mi bandera.

Mi bandera… transmutada en un «nuestra» que, a 6 000 kilómetros de distancia, adquiere complejidades distintas y alcances superiores a si se dijese en los confines específicos del paralelo 22.

Pienso entonces que el pronombre posesivo, en cualquiera de sus variantes, es peligroso usarlo con el rigor de la lengua. ¿Quién tiene a qué? ¿Posesión es enclaustrar? ¿Es la bandera propiedad del asta a la que un día la amarran?

La bandera no se presta, porque no tiene dueño. La bandera se lleva y punto. Y a nosotros y nosotras, ella, nos ata, nos empina y nos da vuelo. No es un trozo de tela. Es un sueño.

No la eleva con sus brazos. No la agita. Solo camina con tranquilidad junto a otros. Foto: Mario Ernesto Almeida
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Jorge Felix dijo:

1

17 de septiembre de 2026

04:46:58


Belleza de artículo. Es genial y dice bantante mas de lo que "dice".