Solo en Latinoamérica existen otros que casi duplican su capacidad y muchos que se han levantado en los últimos años, oliendo a la estética del futuro. A la altura de 2026, el Estadio Nacional de Chile no es un monstruo que cause impresión. Casi decepciona, al foráneo, contrastar en una primera ojeada la estampa con el nombre.
Porque se escucha Estadio Nacional de Chile y puede sentirse que el suelo bajo los pies tiembla un poco, como ocurre cuando se menciona algún espacio cargado con el magnetismo de los tiempos, protagonista de glorias y de horrores, más de una vez hilvanados.
Santiago de Chile es una ciudad lo suficientemente grande como para ser varias ciudades al mismo tiempo. Al final de una elección presidencial o al cierre de un clásico local del fútbol, las experiencias resultan completamente distintas en un lugar y otro. En los barrios altos, hay escasa forma de saber si los estudiantes secundarios del Centro volvieron a tomar la Alameda, o si la marcha con destino a las inmediaciones del Palacio Presidencial fue interrumpida por los carros lanza aguas y «escoltada» con pastores alemanes.
El Estadio Nacional yace en uno de esos pedazos de ciudad donde los acontecimientos siempre harán acto de presencia: donde los duelos futbolísticos pueden terminar en guerra civil; donde Salvador Allende arenga su primer discurso
multitudinario como presidente; donde Pinochet se inventa un campo de reclusión, desaparición y tortura; donde años más tarde reaparece un político diciendo que la dictadura acabó; donde Silvio Rodríguez altera la letra de uno de sus himnos, para acotar que «“aquí” amé a una mujer terrible».
No está detenido en el tiempo. Los mejores equipos del país y el continente ponen a prueba constante la salud de sus gradas, que se retocan cada vez que se precisa. Pero hay una parte que desde hace muchos años no huele a pintura fresca.
Ahí está, en contrastante ocre de madera, el pedazo de banca donde sentaron a los detenidos, y abajo, fríos como en aquella primavera de hace más de medio siglo, los cubículos de la tortura.
Por eso no es de extrañar que si es 11 de septiembre la gente venga hasta aquí, como mínimo, a recordar, a reentender, a redecir. Dicen que cada año son más los jóvenes que llegan, que hasta hace poco no eran tantos «cabros». ¿Más de 5 000 esta vez?
Una estudiante secundaria camina abrazada a una bandera de Cuba. Otros arriban con imágenes de Palestina. Algunos traen colgado al cuello o a la mochila el retrato de un familiar desaparecido. El rostro de Allende lo inunda todo. «Las nuevas generaciones también tienen memoria», se lee sobre un cartón. La rapera en español más importante del mundo se congela y llora al detectar –en una placa de bronce que registra a las detenidas del 73– el nombre de su madre.
En el Estadio Nacional regularmente juega el Club de Fútbol Universidad de Chile, segundo más importante del país, con 27 títulos oficiales. Este 11 de septiembre sin patadas ni goles, ahí también estaba parte de su barra brava. Entre los fuegos artificiales y petardos que mandaban al cielo, flameaba una banderola grande que, con los colores del equipo, dibujaba el semblante del Che.
No asombra a lo lejos el Estadio Nacional de Chile, pero de cerca, algunos días más que otros, puede estremecer, bajo los pies, la tierra; casi tanto como cuando se escucha pronunciar su nombre.



















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