Podría llegar a ser, incluso, receptivo a nuestros oídos, si no fuera porque anula la empresa de miles de organizaciones y de millones de personas en el mundo durante décadas, y borra el papel de sus circunstancias, de sus acumulados, de sus anhelos.
En algunas de sus líneas, podría hasta acariciarnos el ego si acaso no se tratase de un intento, otro, de convencer –a quien quiera convencerse– de que el lugar de nuestra cabeza es en el suelo, picada, llena de tierra, y aun así con la lengua medio afuera buscando sus botas.
Hablamos de «Cuba. La capital del comunismo en el siglo XXI», el último informe que nos dedicase el Departamento de Estado, con fecha en julio del corriente. No es un documento teórico, aunque use citas, notas al pie y tenga una metodología entre líneas. Es un texto político e instrumental, de punta a cabo, que trata de ponernos –más, si cabe– a tiro. ¿Qué dice? ¿Qué deja de decir?
REPETIDOS Y REITERADOS
El término Cuba es el que más se repite por mucho, con unas 314 menciones. Si se suma las frecuencias de otros vocablos vinculantes como revolución (53), La Habana (107), cubanos (108), cubanas (26), cubano (114), cubana (68, sin contar las 11 que acompañan a revolución), el monto asciende a 790, en un documento de apenas 107 páginas. Ello nos da una relación de aproximadamente siete menciones a nuestro país por cuartilla, incluyendo aquellas planas que son meramente de imágenes.
Otra correlación interesante es la de términos como terrorismo (21), terroristas (30), terror (4), radicales (37), radical (26) y extrema (22). En ningún caso relacionados, por supuesto, con operaciones del Gobierno de EE. UU. o alguno de sus aliados; tampoco con los grupos islámicos que el statu quo estadounidense se encargó de posicionar como «capital del terror» de las primeras dos décadas del siglo XXI. Ni siquiera se alude a los grupos contrarrevolucionarios radicados en el sur de la Florida, los cuales reciben el piadoso tratamiento de exiliados.
En casi cada una de las menciones, en un caso tipo de memoria mala y selectiva, se habla de forma directa o colateral de la obsesión de turno: Cuba.
La traza de las fechas también revela una serie de predilecciones históricas y descontextualizaciones. De las 285 ocasiones en que se menciona un año determinado, 71 corresponden al periodo 1959-1970 y 80 se ubican entre 2017-2026. Ergo, más de la mitad de su periodización se centra en estos dos momentos en que la política exterior cubana, dizque victimaria de la «americanidad», contaba con características muy distintas entre sí.
NOSOTROS TAMBIÉNTENEMOS CIFRAS…
… y no son las de las palabras repetidas. Si en algo es particularmente vago el informe de marras, es en decirnos a cuánto ha ascendido para EE. UU. el costo humano del «terrorismo transnacional» de la Revolución Cubana; al menos, raro… en un documento que tanto se esfuerza en resaltar la perversidad del adversario.
La mayor de las veces, esto se resume a frases como «tal vez nunca llegue a conocerse el daño total de las actividades encubiertas»; o «la información que transmitieron a los cubanos, que luego pasaron sistemáticamente a representantes y aliados cubanos en todo el mundo, causó un daño incuantificable a los intereses estadounidenses»; o «seguramente fue responsable en forma directa de la muerte de varios estadounidenses».
Mientras tanto, Cuba registra al menos 3 478 de sus hijos asesinados por sabotajes y actos terroristas desde 1959, la mayor parte de ellos, auspiciados, coordinados o facilitados por las sucesivas administraciones de la Casa Blanca. Tan solo con ese número, alcanzaría para mencionar el nombre de 32 mártires distintos por cada página del informe.
A su vez, en una serendipia de la tristeza, pero también de la dignidad, 32 fue la cifra de nuestros combatientes internacionalistas asesinados –la versión en español que publicó el Departamento de Estado emplea esta palabra– en el ataque del 3 de enero a Venezuela, perpetrado nada más y nada menos que por tropas regulares de EE. UU.
Podemos hablar de nuestros más de cien niños muertos por el dengue hemorrágico en los años 80; del centenar de asesinados por las dos explosiones del vapor La Coubre; de las decenas de víctimas por la explosión en pleno vuelo de la aeronave de Cubana de Aviación que partía de Barbados; de los más de 600 intentos de asesinato a Fidel, que hoy son constatación numérica y confesa, pero que desde 1960 se trazaron como política en Washington; podemos hablar del finan-ciamiento a grupos armados en el país, responsables de asesinatos a maestros, niños, e incluso a niños que eran maestros; podemos referirnos a pescadores y pueblos ametrallados, a tiendas y círculos infantiles bajo las llamas, a las víctimas civiles de la invasión por Girón. Y debemos decir que quienes acometieron estos actos han gozado de una sistemática protección, exaltación y libertad en las calles norteamericanas.
También se podría mencionar las decenas de miles de víctimas del Plan Cóndor, con más de 30 000 desaparecidos en Argentina y 4 000 en Chile, si se quiere una muestra; o el apoyo a regímenes todavía hoy de carácter colonial como Israel y Marruecos.
ACUERDOS Y DESACUERDOS
Más allá de lo que busca el documento, desde Cuba podemos estar de acuerdo con varios elementos que pone sobre la mesa, como que nunca fuimos un satélite de la Unión Soviética; con que nuestra lectura del marxismo y nuestra consecuente ejecutoria de este contribuyó a una nueva teoría de la política revolucionaria y que no solo buscaba la igualdad económica, «sino también la transformación social, cultural e incluso espiritual».
Concordamos en que nuestros servicios de inteligencia nunca han tenido que sobornar a nadie para que se una a la ayuda de nuestra supervivencia como proyecto. Tampoco debe avergonzarnos asumir que nuestra lucha se ha sentido hermana del estadounidense negro en Detroit, del campesino vietnamita, del rebelde congoleño, de la Pantera Negra, del independentista de Puerto Rico, del estudiante antibélico y del insurgente argelino.
El documento acusa a Cuba del «entrenamiento de un número de organizaciones extremistas africanas y su asesoramiento, y la asistencia a gobiernos africanos radicales». No se refiere, por suerte, a la Sudáfrica del apartheid. No nos avergüenza haber dado más de lo que teníamos por la descolonización –concreta– de los pueblos del Tercer Mundo.
Para el informe, ello significa ser antiamericano. Y lo son también, desde su óptica, Lucius Walker con todo el movimiento de Pastores por la Paz, organizaciones como Code Pink, The People’s Forum, el Gremio Nacional de Abogados, Socialistas Democráticos de los Estados Unidos y hasta Black Lives Matter; todos, según el Departamento de Estado, fuertemente influenciados por La Habana. Faltaría decir que el Gobierno de Cuba convenció a un policía de asfixiar a George Floyd, para luego generar una ola de protestas antirracistas en casi todo ese país.
NOSOTROS, LOS «ANTIAMERICANOS»
En primera instancia, Cuba no puede ser antiamericana porque es parte de América, de una que nace en Tierra del Fuego, se bautiza en las Antillas, cruza el río Bravo y se congela en Alaska. En segunda, tampoco es antiestadounidense, al punto de haber ayudado, cuando aún estaba en sus gérmenes como nación, a sacar a los británicos del suelo de nuestros vecinos.
No pocos de nuestros hijos –a día de hoy, padres–, pelearon al lado de Abraham Lincoln y muchos de los estadounidenses que también lo habían hecho vinieron después a nuestra primera Guerra de Independencia, no precisamente a morir por el español. Decimos blúmer, pulóver y frízer –nos guste o no el porqué– con la misma naturalidad con la que pronunciamos asere, mamey y jicotea.
Pero en Cuba no secuestramos el sentido de la palabra América, ni siquiera el de Estados Unidos. Estados Unidos, para nosotros, no es solo la élite supremacista que lo gobierna, como tampoco es solamente su larga lista de luchadores por los derechos civiles y la justicia en general. Es todo junto, con las complejidades que implica.
Contrario a lo que reitera con cansina insistencia el texto, no estamos en una guerra contra la civilización occidental –término también secuestrado–, de la que además formamos parte cultural y geográficamente.
Estamos en una guerra, si nos obligan, por nuestra soberanía y supervivencia como nación. En ese camino, como hace más de 60 años, solo les pedimos a nuestras «gentiles víctimas» del Gobierno de EE. UU. –que derraman lágrimas desconsoladas sobre sus miles de ojivas nucleares y sus portaviones– que nos dejen tranquilos.













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