El 4 de agosto de 1876, en la sabana de Yaguaramas, un joven de 26 años nacido en Brooklyn, Nueva York, eligió la muerte antes que la rendición. Henry Reeve, conocido por cubanos y españoles como «El Inglesito», se disparó en la sien tras cubrir la retirada de sus hombres, sin caballo –una pierna inutilizada por una herida anterior–, defendiéndose con machete y revólver hasta agotar las municiones.
Prefirió el decoro militar a caer prisionero de las tropas coloniales españolas. Con ese acto final selló siete años de entrega total a una causa que no era la suya por nacimiento, pero que adoptó como propia: la independencia de Cuba.
Henry Mike Reeve Carroll nació el 4 de abril de 1850 en el seno de una familia presbiteriana de clase media. Adolescente aún, la Guerra de Secesión estadounidense y el asesinato de Abraham Lincoln marcaron su conciencia antiesclavista, llevándolo a combatir en las filas del norte. Pero fue la propaganda de los independentistas cubanos, que llegó hasta él mientras trabajaba como tenedor de libros en un banco, lo que encendió su determinación.
A los 19 años abandonó en secreto su hogar, se embarcó en la expedición del vapor Perrit al mando del general estadounidense Thomas Jordan y pisó tierra cubana el 11 de mayo de 1869 por la península de El Ramón, en la bahía de Nipe. Traía consigo un ejemplar incompleto del Don Quijote para aprender español. Dicen que llegó a dominarlo con tal corrección que usaba hasta los cubanismos más comunes.
Apenas días después del desembarco, cayó prisionero y fue sometido a fusilamiento en masa. Contra todo pronóstico, los cuatro impactos de bala que recibió no fueron mortales; recobró el conocimiento, deambuló herido por la manigua y fue rescatado por patriotas cubanos.
La vida de Reeve es una sucesión de episodios que parecen sacados de una novela de aventuras. En septiembre de 1873, durante el combate de Santa Cruz del Sur, en los suelos de Camagüey, un artillero español le disparó a quemarropa, destrozándole la pierna derecha. La extremidad quedó inutilizada para siempre. Pero Reeve, convaleciente aún, recibió el ascenso a general de brigada en diciembre de ese año y se reincorporó a las filas con una prótesis adaptada y un dispositivo especial que lo sujetaba al caballo para poder cabalgar y combatir.
Ascendió de sargento segundo a general de brigada en apenas cuatro años y medio. El generalísimo Máximo Gómez, su jefe, lo describió así: «Reeve es de un carácter puramente militar, une a un valor probado, una rectitud y seriedad poco comunes en su modo de mando. De ahí que sus soldados a la vez de un respeto profundo le quieren como un padre».
Se le atribuyen unas 400 acciones combativas. Participó en el legendario rescate del general Julio Sanguily bajo las órdenes de Ignacio Agramonte y, tras la caída de este en Jimaguayú, tomó el mando transitorio de la caballería camagüeyana para mantener la disciplina y la unidad.
El 4 de agosto de 1876, Reeve supo que una fuerza española se concentraba cerca del poblado de Yaguaramas. Con la impetuosidad que lo caracterizaba, salió a su encuentro y cargó al frente de su tropa. El combate fue desigual. Ordenó la retirada y, mientras cubría a sus hombres, recibió una herida en el pecho, otra en la ingle que lo derribó del caballo y una tercera en el hombro.
El enemigo le mató la cabalgadura. Sin ella, Reeve no podía valerse. Su ayudante le ofreció la suya, pero él la rechazó y le ordenó retirarse: sabía que lo iban a matar. Desde el suelo, se defendió con un machete en una mano y un revólver en la otra hasta agotar las fuerzas y las municiones. Entonces, con la última bala, se disparó en la sien.
Al morir, tenía 26 años. Siete de ellos los había dedicado a luchar por la libertad de una tierra, que no era suya de nacimiento, pero lo fue de convicción y hechos. Un grupo de patriotas cubanos escribió a su madre: «Movido de sus generosos impulsos, pisó estas playas, joven y fogoso legionario de la libertad, sin más títulos que su ardoroso entusiasmo y su firmísima resolución de luchar por la independencia de Cuba, a la que, desde entonces, adoptó y amó como su patria».
La vida de Henry Reeve encierra una contradicción que trasciende su biografía. Un joven norteamericano dio su vida por la independencia de Cuba. Más de un siglo después, el gobierno de su país mantiene un bloqueo económico que ha sido calificado reiteradamente por la comunidad internacional como una política de asedio y castigo colectivo contra el pueblo cubano.
Aquel 4 de agosto de 1876, Reeve murió luchando contra el colonialismo español. Hoy, el gobierno de Estados Unidos intensifica un cerco que ha dejado perjuicios multimillonarios, afectando desde el acceso a medicamentos y alimentos hasta la posibilidad de comerciar con terceros países.
En 2005, Fidel Castro creó el Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias, que llamó «Henry Reeve», en honor a aquel joven estadounidense. El gesto fundacional fue una oferta solidaria a Estados Unidos: 1 586 profesionales de la Salud listos para viajar a Nueva Orleans tras el huracán Katrina. La administración de George W. Bush rechazó la ayuda.
Desde entonces, la brigada ha estado presente en la mayoría de las regiones del mundo.
Mientras el gobierno de Estados Unidos estrecha el bloqueo, los médicos cubanos del contingente Henry Reeve llevan salud y vida allí donde se les necesita, sin importar banderas ni diferencias políticas.
Henry Reeve murió defendiendo la libertad de Cuba. Eligió el tiro en la sien antes que la humillación de caer prisionero. Su nombre, hoy, lo honran quienes salvan vidas bajo el fuego no solo de las epidemias, sino de campañas difamatorias que intentan desacreditar las verdaderas raíces de su obra. No llevan pólvora, sino batas blancas, en símbolo de paz.
Esa pierna deshecha, esa prótesis metálica que lo sujetaba al caballo, esa determinación de seguir combatiendo a pesar de todo, es el símbolo de un amor a Cuba, que no ha sido una excepción, porque ha habido muchos lazos de hermandad y respeto entre el pueblo estadounidense y el cubano, aunque el Gobierno de ese país se niegue a reconocerlo. El ejemplo de Henry Reeve nos recuerda que la solidaridad entre los pueblos puede ser más poderosa que las más poderosas de las sanciones.













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