Desde los albores del siglo xix hasta nuestros días, la política exterior de Estados Unidos ha cifrado entre sus obsesiones geoestratégicas, el dominio de Cuba como pieza angular para someter al resto de América Latina y el Caribe.
No es una ocurrencia reciente: el 23 de junio de 1783, John Adams, segundo presidente de la nación naciente, escribía a Robert Livingston, delegado por Nueva York en el Congreso Continental, para deslizar su propósito de arrebatar la Isla a la corona hispana. Han pasado más de dos centurias, y el designio permanece.
Para 1823 ya se había acuñado la doctrina de «la fruta madura», según la cual la separación de Cuba de España sería el preludio inevitable de su caída en el regazo estadounidense.
Esa máxima, con sus vaivenes y matices, ha guiado a cada mandatario de la Casa Blanca; mas lo que asombra no es su persistencia, sino la similitud entre los planes del imperio en ciernes, a finales del xix, y los que hoy se tejen contra la Mayor de las Antillas.
Firmas por Cuba y contra el bloqueo: cómo y dónde El adn de la política hacia la Isla Personalidades de todo el mundo manifiestan su apoyo al pueblo cubano, en medio de las condiciones de asfixia a las que es sometido De «la fruta madura» a la guerra cognitiva mario ernesto almeida raúl antonio capote Imagen tomada de Cubaminrex en la Isla, de modo que han salido de Cuba aerolíneas, navieras y empresas de gestión hotelera, entre otras. También se ha redoblado la fabricación de mentiras y amenazas mediáticas contra el pueblo y el Gobierno cubanos. Cuba solo ha recibido un buque de petróleo en seis meses y no puede hacer transacciones financieras», detalla la declaración.
El texto insiste en el carácter genocida de estas acciones por sus impactos directos en la población cubana, y señala a Marco Rubio como patrocinador del odio anticubano desde Washington, al punto de presionar para que se concrete una agresión militar.
Cuba es la prueba de que la tenacidad puede hacer valer la independencia y la soberanía frente al imperialismo, el ejemplo de que un camino de autodeterminación es capaz de garantizar a nuestros pueblos educación, salud, cultura y deporte como derechos, reconoce.
«No seremos la generación que permita que el fascismo se imponga sobre el pueblo cubano», señala.
Aquel proyecto, en su momento, exigía desatar una poderosa guerra mediática contra España y contra los libertadores cubanos; corroer el crédito de los dirigentes independentistas, y grabar en el imaginario insular la fatal idea de que sin la «Madre América» jamás alcanzarían libertad ni prosperidad.
Jamás reconocieron a los gobiernos de la República en Armas, ni la beligerancia de los mambises, ni la existencia del Ejército Libertador, porque el propósito cardinal era disolver las instituciones cubanas, desarmar a sus fuerzas y aniquilar al Partido Revolucionario Cubano.
Durante la contienda que la historiografía bautizó como «cubano-hispano-norteamericana», bloquearon la Isla, bombardearon sus puertos, forzaron el hambre y propiciaron que la peste diezmara a la población civil, sin distinguir entre independentistas, anexionistas autonomistas o integristas.
Quizá la primera operación de guerra multiforme, no convencional, del mundo moderno se urdió contra Cuba en 1897. Era menester entonces crear el clima propicio para una confrontación con España, allanar el camino a la ocupación militar y, después, a la anexión de las posesiones españolas en el Caribe y en el Pacífico.
Con ese fin, en aquel año, Theodore Roosevelt, Henry Cabot Lodge, Alfred T. Mahan, John Hay, Whitelaw Reid, Albert Beveridge, Nicholas Murray Butler y Josiah Strong –voceros e ideólogos conspicuos del Partido de la Guerra– se reunieron, en varias ocasiones en la Universidad de Columbia, con dueños y directores de la prensa.
Adams sostenía que el primer paso era anular moralmente a los «aliados». La descalificación de los combatientes cubanos se desplegó en múltiples estratagemas, muy visibles en los rotativos norteamericanos.
La manipulación, la mentira, la ausencia de rigor y la tendenciosidad impregnaron cada crónica que llegaba desde la «zona de guerra», léase hoteles y bares de las grandes urbes.
Toda información favorable a los independentistas era anulada de inmediato.
Cuatro palabras –vagos, vengativos, ladrones y cobardes– se repetían como un estribillo en los textos y en las caricaturas, de las que se produjeron millares.
Crónicas de viaje, viñetas y relatos se afanaban en presentar la imagen de pueblos incivilizados e inferiores, mientras resplandecía la figura del país del Norte como nación benefactora por derecho divino, llamada a tutelar a las «razas inmaduras».
Ya sabemos en qué paró aquella ayuda «fraternal».
Durante más de medio siglo, Estados Unidos controló la economía, la política, la industria del entretenimiento de la Isla, y pretendió adueñarse también de la educación y la cultura cubanas.
Si hoy examinamos la estrategia que Washington despliega, saltan a la vista las réplicas del pasado: desconocen al gobierno legítimo, se proponen disolverlo junto al Partido Comunista de Cuba y a las Fuerzas Armadas, para dejar al pueblo inerme ante la embestida del poder imperial.
Para ello, entre otros recursos, echan mano del escarnio, la difamación; trabajan sobre la mente de los cubanos, manipulan, confunden, reclutan mercenarios dentro y fuera de la Isla, compran plumas vendidas, libran una tenaz batalla diplomática en el exterior para aislarnos.
Nos bloquean, para que el hambre, la necesidad y la enfermedad quebranten la resistencia, para conducirnos a la irracionalidad, a la ira y a la desesperación, mientras ellos se erigen en salvadores.
No es desdeñable el esfuerzo que emplean, con todos los recursos a su alcance, para actuar sobre estereotipos profundos que aún perviven en ciertas conciencias, sobre creencias y sentimientos que largos años de cultura y educación no han logrado borrar, porque la guerra cognitiva los reescribe sin tregua.
Por un lado, la imagen del anglosajón superior, del yanqui poderoso; en el otro extremo, la del nativo de raza inferior, vago, pícaro, lastrado por el mestizaje, solo interesado en el baile y la música, incapaz de gobernarse, mujeriego, bebedor, apolítico: ese es el estereotipo que se fabrica e inculca sin descanso por todos los medios.
El American Way of Life se proyecta hacia la Isla como un paraíso digno de imitar; el racismo, la baja autoestima, la supuesta superioridad del wasp (blancos, anglosajones, protestantes) fueron inoculados en el inconsciente colectivo de los cubanos durante décadas.
Pero la historia, esa tozuda maestra, ya ha demostrado que la dignidad no se doblega con caricaturas, ni con bloqueos ni con amenazas de guerra, Cuba resiste.













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