La economía ligada a los océanos continúa en expansión con grandes beneficios para la humanidad; sin embargo, sus patrones ponen en jaque la prosperidad futura de los negocios y la salud del planeta.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la producción pesquera y acuícola global se sitúa en máximos históricos, «pero garantizar un crecimiento sostenible y equitativo sigue planteando un desafío importante».
En el informe El Estado Mundial de la Pesca y la Acuicultura 2026, el organismo confirmó un nuevo récord de 235 millones de toneladas en 2024, de las cuales 195 millones correspondieron a animales acuáticos, lo que denota la relevancia de ambas actividades para proveer nutrientes de calidad a una población terrícola en ascenso.
Al mismo tiempo, la rama asegura abundante fuente de trabajo e importantes dividendos empresariales. No obstante, se precisan políticas e inversiones específicas que permitan mejorar la disponibilidad, la accesibilidad y la asequibilidad de los alimentos a fin de su inclusión más generalizada en las dietas, juzgó la FAO.
Sectores como la acuicultura, el turismo y el transporte lideran el alza de la economía oceánica. Solo los servicios marítimos alcanzan un valor de 1,44 billones de dólares al año, ejemplifican datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Actualmente, el turismo marítimo y costero representa el 32 % del comercio oceánico global, un porcentaje equivalente a unos 785 000 millones de dólares anuales. En el caso de las mercancías, las operaciones están en el orden de los 487 000 millones.
Mientras los negocios florecen, la vida acuática y el bienestar de los océanos encaran mayores presiones derivadas del cambio climático, la degradación de los ecosistemas y la contaminación proveniente de las industrias y el consumo poblacional, en un escenario de complejas crisis socioeconómicas y geopolíticas.
Presentada en junio de 2026, la III Evaluación Mundial de los Océanos (WOA III, por su sigla en inglés) aportó abundantes evidencias, a partir de las contribuciones de más de 500 expertos de 86 países, quienes recopilaron información durante casi un lustro.
Cada año, indicó el texto, 52 millones de toneladas de desperdicios plásticos ingresan al océano, dando lugar a un estimado de 24 billones de partículas diminutas, que afectan a más de 4 000 especies. Además, en las aguas se han detectado residuos más de 4 000 compuestos farmacéuticos y de cuidado personal.
De manera simultánea, proliferan los riesgos medioambientales asociados a las obras mar adentro, con parques eólicos, instalaciones petroleras en aguas profundas, cables y tuberías submarinos que alteran ecosistemas alejados de las costas.
También la concentración de la actividad humana y económica en zonas costeras vulnerables acentúa la extracción de recursos naturales, la expansión de infraestructuras, las descargas de residuos y la degradación del hábitat.
Los ecosistemas costeros críticos, como los manglares y las praderas marinas, continúan reduciéndose, mientras las zonas hipóxicas (o muertas), donde los niveles de oxígeno son tan bajos que la mayor parte de la vida marina no puede sobrevivir, ahora abarcan 4,5 millones de kilómetros cuadrados, reveló el examen de la ONU.
Disímiles provechos están bajo amenaza si se tiene en cuenta, por ejemplo, que los sistemas alimentarios marinos son una fuente vital de nutrición y medios de vida, al proporcionar el 20 % de la proteína animal consumida por los seres humanos.
Las alertas también recuerdan que la acuicultura marina representa hoy en día una industria global de unos 90 000 millones de dólares anuales. En tanto, 121 millones de personas participan en la pesca recreativa marina, contribuyendo a las economías locales.
«El océano, sus ecosistemas y los servicios que proporciona se están deteriorando rápidamente y a un ritmo acelerado. Esto no es una opinión; es la conclusión clara extraída de una amplia evidencia científica», subrayó el perito español Rafael González-Quirós, uno de los codirectores de la WOA III.
Entre los principales peligros, distinguió el alza de la temperatura y el nivel de las aguas. Un 16 % de la absorción total de calor oceánico desde 1955 se ha producido de manera concentrada después de 2018, mientras la altura del mar subió de 1,3-1,9 milímetros (mm) anuales antes de 2015 a un ritmo de 4,3 mm al año en 2023.
Como en otros tantos ámbitos, la situación para nada es de catástrofe irreversible: pueden avanzar acciones globales en función de lograr soluciones duraderas, mediante la cooperación multilateral y la toma de decisiones basadas en la ciencia.













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