Como una convicción forjada en la médula misma de la Revolución, hay una línea divisoria que el Comandante en Jefe trazó con la precisión de un arquitecto y la firmeza de un estadista. Para Fidel, la diferenciación entre el pueblo norteamericano y la política imperial de sus gobiernos fue un pilar ético e intelectual sobre el que se sostuvo su relación con el vecino del norte durante más de seis décadas. No por gusto, su decisión de irse al Hotel Teresa, con los más humildes de aquel Nueva York de los 60, cuando en la Gran Manzana le negaron hospedaje.
«Nuestra lucha no es ni será jamás contra el pueblo de Estados Unidos» dijo en una ocasión y esto resume la coherencia de los principios de la Revolución, Fidel no solo distinguía al gobierno de sus gobernados; establecía con el ciudadano estadounidense un vínculo de respeto y fraternidad que desafiaba la lógica, hasta de la Guerra Fría.
«Quizás en ningún otro país se reciba a los ciudadanos norteamericanos con el respeto y la hospitalidad con que se les recibe en Cuba», afirmó. No era retórica: era la constatación de un hecho que la propaganda enemiga nunca pudo desmentir. Él conocía la historia y la psicología del pueblo del norte. Sabía que podía ser engañado y arrastrado a causas injustas, pero también que, al conocer la verdad, su esencia noble se inclinaba por la justicia. Lo demostró, recordó Fidel, cuando un 80 por ciento de los ciudadanos estadounidenses apoyó la devolución del niño Elián González a su familia y a su patria.
En sus reflexiones, Fidel fue siempre enfático al señalar al responsable del diferendo. Nunca culpó al pueblo norteamericano. La responsabilidad, insistía, recaía sobre un sistema que «engendra egoísmo, arrogancia, prepotencia, y diseña gobiernos casi exclusivamente para sostener y extender un gran imperio».
Esa distinción era, para él, esencial para la lucha de Cuba y para la paz mundial. Definía el diferendo con EE. UU. como «la rotunda y sostenida negación» por parte de los gobiernos estadounidenses de respetar el derecho soberano de los cubanos. Pero esa negación no empañaba su fe en el pueblo: creía firmemente que era «el único que puede frenar y poner una camisa de fuerza a los fanáticos del poder, la arbitrariedad y la guerra».
Contra lo que a veces se cree, la del diálogo no fue disposición de los últimos años. Fue una línea permanente de la política exterior cubana, tejida en la trastienda de la confrontación, desde los contactos secretos impulsados por John F. Kennedy tras la Crisis de Octubre –truncados por su asesinato en Dallas–, hasta los avances de la administración Carter, cuando se lograron acuerdos migratorios, pesqueros y de límites marítimos, y se abrieron las Secciones de Intereses. En aquellos años se multiplicaron los intercambios académicos, deportivos y culturales, y se realizaron conversaciones reservadas que demostraron que era posible un entendimiento sobre bases de respeto mutuo.
En la década de los 90, con Bill Clinton en el Despacho Oval y la mediación de Gabriel García Márquez, se produjeron nuevos acercamientos. Cuba tendió la mano, incluso ofreciendo información de inteligencia sobre redes terroristas que operaban contra la Isla desde territorio norteamericano. Pero la respuesta de Washington, en lugar de desmantelar a los criminales, fue perseguir a las fuentes cubanas, sin embargo, Fidel nunca cerró la puerta.
Esa disposición se mantuvo incluso en los momentos más álgidos de la confrontación. Cuando el huracán Katrina devastó la costa del Golfo en 2005, Fidel ofreció de inmediato el envío de más de mil médicos y 36 toneladas de suministros; el gobierno de George W. Bush rechazó la ayuda, pero el gesto quedó como prueba irrefutable de que la solidaridad cubana con el pueblo norteamericano no entiende de bloqueos ni de rencores.
Por eso, cuando el 17 de diciembre de 2014 Barack Obama y Raúl Castro anunciaron el restablecimiento de relaciones, Fidel escribió en una de sus reflexiones que «cualquier solución pacífica y negociada a los problemas entre Estados Unidos y los pueblos [...] que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza, deberá ser tratada de acuerdo a los principios y normas internacionales».
Esa es la grandeza del pensamiento de Fidel, la mano tendida sin ingenuidad. La coherencia estratégica de la soberanía y la flexibilidad táctica del diálogo. Lidiando con diez administraciones norteamericanas, sobreviviendo a más de 600 intentos de asesinato, Fidel mantuvo abierta la puerta al pueblo del norte, sin ceder jamás en sus principios ante el poder imperial. Porque, como nos enseñó Martí, los derechos no se mendigan: se construyen con leyes, con dignidad y, cuando es preciso, con la certeza de que la paz siempre es preferible a la guerra, pero jamás a costa de la patria.
Así mismo, la solidaridad del pueblo norteamericano con Cuba es invaluable. Sus aportes a las guerras de independencia en la Isla, los numerosos apoyos en distintos momentos de la Revolución a la justa causa de los cubanos, la lucha contra el bloqueo, demuestran que más allá de las posiciones políticas, merecemos un futuro en el que nuestros pueblos puedan intercambiar y aprovechar lo mejor de ambos en su crecimiento. Esa fue, y sigue siendo, una de las lecciones más grandes de Fidel.













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