ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Profesionales de la salud cubanos en Pakistán, tras el terremoto que en 2006 azotó la nación hermana. Foto: Juvenal Balán

Desde el espacio más inmediato –como la familia, el barrio, la ciudad– hasta los más extensos, dígase el país, dígase el mundo, hay una palabra que ha capitalizado lo mejor de nuestras formas de relacionarnos: solidaridad.

Las palabras dan forma a las ideas y, subsecuentemente, a las acciones. Si bien el pensamiento las organiza –a las palabras y a las acciones–, esto no se queda en un esquema lineal, sino en una serie de reconexiones en que la palabra y los actos también organizan, en no poca medida, lo que pensamos y sentimos, el cómo y el porqué.

Pero ocurre que determinada solidaridad, como término que encauza ideas y acciones, tiene límites. Si vamos a los consensos lingüísticos, quizá podamos esclarecer un tanto el asunto. La Real Academia de la Lengua Española define solidaridad como «adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros».

Este concepto en sí ya resulta problemático, por cuanto habla de una acción finita en el tiempo, que se dirige a la otredad. La palabra, ineludiblemente, marca un distanciamiento al colocar el problema alejado del yo o el nosotros, y al definir la acción como temporal.

Hay que revisar las acciones y actitudes que constantemente acometemos por «otros», ver cuán «otros» o no los percibimos, cuánto en realidad estamos dispuestos a dar y por qué tiempo. Las respuestas a estas preguntas pueden indicarnos, desde nuestras individualidades y colectividades, si el término, más o menos, nos alcanza, o más o menos…, no.

Para algunos, la palabra solidaridad, al menos como la entiende la rae, en determinadas condiciones, puede parecerse a la limosna, y andamos en busca de otra que resulte más justa en sí con el sistema de acciones y pensamientos –por tanto, de vocablos– del que venimos y por el que pugnamos, en medio de contradicciones de todo tipo, pero con la certeza de existir no en mundo de «otros», sino en uno de hermanas y hermanos.

Quizá el quid acabe de escaparse. El Diccionario de la Lengua Española tiene interesantes definiciones para la hermandad: «Relación de parentesco que hay entre hermanos»; «amistad íntima, unión de voluntades»; «correspondencia que guarda varias cosas entre sí»; «cofradía»; «fraternidad».

Es, sin espacio a la duda, un término que diluye radicalmente todas las distancias y que se eleva muy por encima de lo circunstancial.

La solidaridad… será siempre hermosa y buena. La hermandad será y es la punta de lanza y núcleo de esa empresa vital y nuestra, sempiterna, amistad íntima y unión de voluntades, de esa cofradía tan fuerte como las ramas sanguíneas.

La hermandad será, es… la única capaz de salvarnos juntos y juntas, y de germinarnos para el inevitable y siguiente escalón que como humanidad soñamos y merecemos, donde seremos más libres, más felices, mejores, allende o aquende a la casa, a la frontera, al continente, al hemisferio, al mar.

En Cuba sabemos un poco de eso. Definitivamente no renunciamos a la solidaridad, solo que la entendemos y la practicamos con el hermano y la hermana metida dentro, se grite o no.

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