Enero de 1989. Después de casi tres lustros, la Operación Carlota (de sensible e internacionalista ayuda a Angola, por solicitud de su gobierno) entra en su recta final: retorno victorioso de las tropas cubanas, que concluiría el 25 de mayo de 1991, con el arribo a La Habana del último vuelo procedente de la hermana nación africana.
Los acuerdos entre partes beligerantes consignan inicio del regreso a partir del primero de abril, pero Cuba, en gesto de buena voluntad decide adelantar un primer contingente de 3 000 combatientes, entre enero y marzo.
Vivencias de aquel histórico momento formarían parte, treinta años después, de mi libro Arma Secreta de Cuba en Angola, presentado en versión digital el pasado 2 de diciembre, en la Unión de Periodistas de Cuba y a la espera de impresión, con el sello de la Editorial Pablo de la Torriente Brau.
De él, tomo este relato:
YO SÉ POR QUÉ LLORAS, LUANDA
Joao se pone duro. La plaza se tambalea. Gratitud en voz de Dos Santos. Son así, así son. Luanda ríe y llora a la vez. Yo sé por qué.
Al ver el llanto de su esposa, Joao Isidro Sesse saca un pañuelo del bolsillo y se lo entrega. Segundos después, para ponerse duro con su propio lagrimal, gira y, con un ligero temblor en los labios, queda observando la copa de un árbol. A su alrededor otros angolanos continúan agitando manos, pañuelos, pequeñas banderas…
La plaza Primero de Mayo, en pleno corazón de Luanda, parece que se hundirá de un momento a otro, no tanto por el peso físico de la masa humana que satura todos sus espacios, como por la sobrecarga de emociones cuando, entre cantos, consignas y otras muestras de júbilo, pasan bloques de niños, jóvenes, mujeres y trabajadores de diversos sectores en el desfile más grande que, según varios angolanos, ha tenido lugar allí desde que Agosthino Neto proclamó la independencia. Tal vez sea este el modo más abarcador que han encontrado para condensar la gratitud que, a nombre de todo el país, transmitirá allí mismo el presidente José Eduardo Dos Santos, no sin antes afirmar que en verdad no encuentra «las palabras justas, capaces de expresar el agradecimiento por tanta amistad y cooperación…»
Calles y avenidas permanecen tomadas por quienes no pudieron llegar hasta allí y por quienes prefieren ver y tocar la mano de los cubanos que en breve iniciarán digno regreso. Eso quieren hacer el grupo de niños situados en la acera derecha de la avenida, junto al Monumento a las Heroínas de Angola. Que la alegría se desborde, es lógico. Pero que haya también lágrimas como las de Joao, o como las de esta angolana parada a mi izquierda, en pleno aeropuerto, puede parecer contradictorio. Y no lo es.
Esos hombres y mujeres que regresan, con apenas un bolso de mano o un pequeño maletín (porque, conforme a lo dicho por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, nada material se llevan; solo la amistad de este pueblo, hoy, y, en fecha próxima, los restos de quienes perdieron la vida) son los mismos que han salvado de la muerte a aldeas enteras, los que curaron a niños y adultos compartiendo el medicamento destinado a las tropas; son los que dejaron de comer más de una vez su ración o la dividieron para alimentar al angolanito que miraba hambriento. Esos hombres son los «primos» que alfabetizaron a soldados y a pobladores, los que jugaron fútbol con nativos del lugar o demostraron, en campaña, cuan rica simbiosis puede lograr el arte de ambos pueblos, tal y como ocurrió este 7 enero, durante la despedida cultural realizada por Angola en el teatro Carlos Marx, de Luanda, donde lo mejor de su folclor reverenció y fue reverenciado por acordes como los de La Guantanamera, que levantó a todo el mundo de sus asientos, Cuba qué linda es Cuba y La voz triunfal, signada por segmentos tan sensibles como el que expresa: «Madre, tu carta siempre espero… sé que llegará».
Esos hombres y mujeres que saludan a bordo de camiones, son los que, antes de partir del lugar donde estuvieron asentadas sus unidades, se convirtieron en escultores, arquitectos y artistas, para erigirles sorprendentes monumentos a la victoria, a la paz y al futuro de esta nación africana; son los que rompieron no solo la barrera del sonido (para irle encima al agresor) sino también la de un idioma que se arropó la lengua de riquísimo «portuñol»; son los que endulzaron la mandioca (yuca) con las amarguísimas pastillas de cloroquina, los que aceptaron alguna vez un trago de coporoto (especie de aguardiente casero), se batieron a tenedor limpio contra el banderland (conserva grasosa y picante, elaborada con subproductos cárnicos), y son también los que hubieran reaccionado como lo hizo en Cangamba (agosto de 1983) el Soldado Jorge Luis Fernández Márquez, quien tras perder un ojo exigió lo dejaran seguir apuntando con el otro y disparando, en derroche del heroísmo que les inculcó a cubanos y angolanos de la 32 Brigada FAPLA el Teniente Coronel Fidencio González Peraza, multiplicado en medio de la tenaz resistencia por la carta que les envió el Comandante en Jefe Fidel Castro.
Saben María José Gama, dirigente femenina y el joven Carlos Da Rosa Cruz, que quienes parten hoy llevan dentro arrojo de juventud: protagonista principal de la victoria; ejemplo personal de jefes como el Coronel Álvaro López Miera: desafiando, al frente, los mayores peligros en Cuito Cuanavale (aún se habla con admiración de cómo atravesó a nado el río, «minado» de cocodrilos); sensibilidad de mujeres como una enfermera llamada Zenaida: convertida en madre cubana de un niño angolano en Jamba; sueños de formar una linda familia y de sacarle a la tierra su mejor fruto, como lo hará el Soldado avileño Martín Alonso Gómez; suprema y permanente consagración de colaboradores civiles como el camionero Blas Ricardo Torres, con más horas tras el volante que en postura de descanso; experiencia y modestia al estilo del General de División Leopoldo Cintra Frías, devenido un combatiente más donde quiera que llega, en calidad de Jefe de la Agrupación de Tropas del Sur, primero, y luego como Jefe de la Misión Militar Cubana en Angola.
Y es que la ciudad no les está diciendo adiós a racistas sudafricanos que, violando la frontera, penetraron varias veces en suelo angolano para cometer masacres como la de Cassinga (4 de mayo de 1978), para sembrar muerte, para usurparlo todo, hasta el poder. La ciudad despide a quienes llegaron, casi tres lustros atrás, ante el clamor de este pueblo, con propósitos diametralmente opuestos: desterrar el terror, acabar con la muerte, garantizar la soberanía, despojar a los usurpadores de lo usurpado por ellos, crear bases para una solución pacífica del conflicto interno…
Luanda está despidiendo a muchachos (siempre niños para sus padres) a dirigentes juveniles como Leticia Oramas, Pável Díaz, Rosa Lina Martínez, Iroel Sánchez, Luis Alberto González Nieto, Guillermo Díaz, Ada Barrios, Teresa Isla, Walter Riera, Valentín Palacios, los hermanos Antuña, Ibis Alpízar, Daniel Fernández, Lázaro Rosabal, Mario Morales, Marianela García y no sé cuántos más: cantando y asumiendo, bajito para no molestar (¡pero cantando!) la Era que parió el corazón de un genio llamado Silvio Rodríguez; aprehendiendo el trabajo que un día harán los jóvenes con los propios jóvenes si los yanquis enloquecen y atacan a Cuba, y asegurando que cuando haya regresado el último combatiente seguirán haciendo encuentros para que los pulmones de esta historia no dejen de respirar en hijos y nietos.
Por esas y por muchas razones más, de esencia profundamente humana, a pesar de emerger en un entorno de beligerancia militar, a nadie extrañe, entonces, ese llanto, quizás el más dulce derramado por los angolanos en siglos de supervivencia. Sé muy bien por qué lo digo. Todo el que ha pasado por este país lo conoce. Las agujas del reloj marcan 25 minutos pasadas las doce del día. El IL-62M se levanta, viril, sobre la pista. Dentro, van los primeros 450 internacionalistas que vuelven, victoriosos, a casa. Debajo va quedando la ciudad, convertida también en una especie de maqueta, cada vez más pequeña, envuelta en imaginarias llamas que despiden lengüetas de alegría y de tristeza. Una buena parte de Luanda llora. Yo sé muy bien por qué.
















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