ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Xi Jinping invitó a Trump a «enfrentar juntos los desafíos globales y proporcionar mayor estabilidad al mundo». Foto: XINHUA

BEIJING, China.-La cordialidad, el respecto, e incluso expresiones de un afecto cercano y entrañable, mantuvieron dentro de la más estricta diplomacia el intercambio entre el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, Xi Jinping, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante el primer día de la visita de este último a la nación asiática.

A juzgar por la distensión mostrada ante pantallas, cuesta trabajo pensar que son ambos los mandatarios de las dos mayores potencias enfrascadas y enfrentadas en profundas divergencias de carácter político y económico-comercial, capaces de desestabilizar la dinámica global según se muevan las relaciones entre ambos.

Está claro que las dos partes tienen plena conciencia del peso específico que cada una representa para el equilibrio planetario; sin embargo, la primera jornada de la Cumbre ha trascendido entre la confirmación del propósito de Trump de poner a las mayores empresas estadounidenses en la fila delantera para entrar a un mercado que podría abrirse más, y un líder chino que ha dicho que, en efecto, «China solo abrirá su puerta más ampliamente», pero bajo las reglas que imponen, no los cálculos voraces del comercio del que gusta EE. UU., sino ciertos valores en los que su país cree y promueve.

Anfitrión inteligente y paciente, Xi pudo hacer frotar las manos de empresarios que se sintieron bienvenidos a una economía pujante y colmada de oportunidades, cuando le dijo a Trump, incluso, que las corporaciones de EE. UU.: «están profundamente involucradas en la reforma y apertura de China». Sin embargo, debieron contar las veces que solo se refirió a una cooperación mutuamente beneficiosa, de ganar-ganar, condición angular para «un desarrollo estable, sólido y sostenible de las relaciones».

Con ese fin, propuso a Trump cambiar el paradigma de los vínculos entre potencias, y lo invitó a «enfrentar juntos los desafíos globales y proporcionar mayor estabilidad al mundo».

Así dijo, por ejemplo:

«¿Podemos construir juntos un futuro brillante para nuestras relaciones bilaterales en interés del bienestar de los dos pueblos y del futuro de la humanidad?»

Al proponer construir una relación bilateral con base en una «estabilidad estratégica constructiva», con cooperación como pilar, competencia dentro de límites apropiados, diferencias manejables y paz previsible, argumentó que sería una guía «bien recibida por el pueblo de ambos países y la comunidad internacional».

Incluso, al referir los resultados «generalmente equilibrados y positivos» del encuentro previo entre equipos económicos y comerciales de los dos países, Xi resaltó: «Esta es una buena noticia para los pueblos de los dos países y para el mundo».

¿Intransigencias?, el asunto de Taiwán, del cual, firme en su principio histórico de Una sola China, el Presidente asiático aseguró que de su respeto pleno dependerá la estabilidad general de los nexos bilaterales: «De lo contrario, los dos países tendrán enfrentamientos e incluso conflictos, poniendo en gran peligro toda la relación (…) La parte estadounidense debe actuar con suma cautela al tratar la cuestión de Taiwán».

De otros temas, el Ministerio de Relaciones Exteriores reveló que los mandatarios intercambiaron, además, sobre importantes cuestiones internacionales y regionales, como la situación en el Medio Oriente, la crisis en Ucrania y la península coreana.

Para el cálculo de saldos, sin embargo, hay que esperar a este viernes, a fin de desentrañar si la cordialidad y el afecto del apretón de manos corporiza no solo en el alivio de tensiones entre ellos, también de la convulsión de un mundo que Estados Unidos se ha esmerado en atizar, como un brasero.

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