ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Un oficial chino se mantiene imperturbable mientras el avión presidencial de Estados Unidos pasa a pocos metros. El video se ha hecho viral. Foto: Captura de pantalla

BEIJING, China.–En la mesa de conversaciones –y con suficiente anticipación al aterrizaje del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, este miércoles aquí– el Gobierno de la República Popular China ya había acomodado de su lado lo que han sido principios angulares de su política exterior: respeto mutuo, coexistencia pacífica y relaciones económico-comerciales de beneficio recíproco.

Ni más ni menos se detalló antes desde la nación asiática, aun a sabiendas de las implicaciones y resultados que se esperan de una reunión entre los mandatarios de estas dos potencias, precisamente cuando el mundo es sacudido por conflictos y tensiones aupados por la prepotente e irresponsable conducta de la Casa Blanca, de la que China ha sido incluso objetivo declarado, a fin de reducir su influencia universal en el sentido contrario: paz, derecho internacional y crecimiento económico equilibrado y armonioso entre los países.

La vocería estadounidense ha adelantado otras cosas, por supuesto, jerarquizando todo lo que conviene al tamiz transaccional con que esa administración maneja su política exterior, más parecido a la dinámica febril y descarnada de Wall Street que a las normas de la diplomacia internacional.

El «selecto» séquito que acompaña al mandatario de EE. UU. así lo confirma: ejecutivos de grandes empresas como Apple, Cisco, Tesla, Goldman Sachs, Mastercard, Visa, Blackrock, Nvidia y Boeing, entre otras.

También lo había recalcado Trump antes de su viaje, que su primera solicitud a Xi Jinping sería que «abra» más la economía nacional a las corporaciones norteamericanas, en concordancia con trascendidos todavía más específicos sobre los temas que traen a la capital asiática: las compras chinas de aviones Boeing, de carne de vacuno y soja, así como la creación de un consejo de inversión y un consejo de comercio que viabilicen el flujo entre ambas naciones.

Sin embargo, tan graves son los problemas que agobian al planeta que pareciera imposible desplazarlos del diálogo al más alto nivel que acontecerá aquí el 14 y 15 de mayo, pues si EE. UU. tiene la responsabilidad predominante en la crisis multidimensional actual, China cuenta con el peso suficiente para interceder y presionar en favor de atenuar conflictos y aliviar tensiones.

Expertos coinciden en que, tácticamente, Estados Unidos llega a este careo con desventaja, sobre todo porque el desenlace de la guerra contra Irán y las implicaciones globales derivadas del cierre del Estrecho de Ormuz fracasaron en el propósito velado de debilitar la economía china, receptora a gran escala del petróleo iraní, mientras el agresor da visos de un empantanamiento militar, económico y diplomático que no ha podido desenredar.

Como un parche a su objetivo, amenazó luego, con sanciones, a las refinerías chinas que reciban el petróleo iraní que, independientemente de amenazas y bloqueo militar, siguió fluyendo por Ormuz. Sin embargo, el gigante asiático dio una respuesta sin precedentes, al activar por primera vez un mecanismo que prohíbe a sus entidades acatar las disposiciones sancionatorias: no reconocer, no aplicar y no cumplir. De igual modo, permite llevar a tribunales a las entidades extranjeras en China que, por tales sanciones, se nieguen a operar con las compañías nacionales y les causen perjuicios.

Pareciera como si el Gobierno de Estados Unidos hubiese olvidado demasiado rápido las crecientes capacidades de su anfitrión para contrarrestar sus desafueros prepotentes, como ya pasó ante el capricho arancelario de inicios de mandato de Trump, que le costó que China le cortara las exportaciones de ocho componentes de sus tierras raras, y puso en jaque a muchas empresas norteamericanas, sin posibilidades inmediatas de procurarse nuevos proveedores.

Otra cosa es la posición política, vertical y enérgica, ante el belicismo estadounidense.

La mediación de China en Irán ha sido calificada como decisiva para que fuera suspendido un ataque anunciado como incalculable y devastador, y establecida una tregua que, aunque débil y relativa, se ha mantenido hasta hoy.

También respecto a Cuba, y a la amenaza cínica y frontal de la Casa Blanca de aplicar incluso la fuerza militar para derrocar al Gobierno de la Isla, además de las medidas genocidas que la privan de combustibles y multiplican la asfixia de su pueblo, el pronunciamiento de Beijing ha sido recto:

«El recrudecimiento de las sanciones ilícitas y unilaterales de los Estados Unidos contra Cuba vulnera gravemente el derecho a la subsistencia y al desarrollo del pueblo cubano, y contraviene gravemente las normas básicas que rigen las relaciones internacionales. China respalda firmemente a Cuba en la salvaguardia de su soberanía y seguridad nacionales, y se opone tajantemente a cualquier injerencia en sus asuntos internos. Instamos a los Estados Unidos a cesar de inmediato el bloqueo y las sanciones, así como toda forma de coerción y presión contra Cuba», declaró a la prensa, el pasado 5 de mayo, uno de los portavoces del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Más recientemente, el 12 de mayo, el vocero del Departamento Internacional del Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh), Hu Zhaoming, en un mensaje en X, acusó a Washington por el largo bloqueo económico a Cuba, instó a levantar todas las sanciones inmediatamente, en lugar de intensificarlas, y reiteró el apoyo firme a Cuba «en la salvaguarda de su soberanía y seguridad nacionales», y al derecho de su pueblo «a la supervivencia y el desarrollo». «Estados Unidos debería hacer más para promover la paz y la estabilidad regionales», recalcó.

¿Una lectura clara? China mantiene invariable su compromiso con la justicia y la ética en las relaciones internacionales, planteando una posición activa en pro de la paz y la resolución de conflictos, diametralmente opuesta a la violencia política y militar, el guerrerismo, la piratería y el chantaje comercial que protagoniza Estados Unidos.

En tal contexto, no es posible imaginarse que estos temas globales queden fuera de la mesa de conversaciones que sostendrán en Beijing el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, Xi Jinping, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump; aun cuando haya asuntos exclusivamente bilaterales que se deban solventar, y sobre los cuales, sin demasiado ruido, China ha trazado ya cuatro líneas rojas que no pueden cruzarse ni cuestionarse en el diálogo: «La cuestión de Taiwán; la democracia y los derechos humanos; las trayectorias y el sistema político; el derecho al desarrollo de China». A buen entendedor.

No obstante, entre lo que se presume y lo que trascienda, solo este jueves y viernes se sabrá.

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