ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Todavía en muchas academias y facultades de Periodismo se repite la idea de que las grandes plataformas digitales no son medios de comunicación, sino simples intermediarios tecnológicos. Se afirma que no producen contenidos, que solo conectan usuarios y organizan información. Pero esa frontera jamás existió y ahora esa verdad resulta escandalosamente evidente.

Un artículo de Truthdig publicado hace una semana y titulado Palantir Just Unmasked Itself to the World (Palantir acaba de quitarse la máscara ante el mundo) plantea precisamente eso: que la empresa estadounidense Palantir Technologies ya no oculta que su ambición no es únicamente comercial o tecnológica, sino profundamente política.

El detonante del análisis fue la reciente publicación de un manifiesto de 22 puntos impulsado por Palantir y por su director ejecutivo, Alex Karp, en el que la compañía sostiene que Silicon Valley mantiene una «deuda moral» con el poder militar estadounidense. El documento defiende abiertamente una alianza más estrecha entre las grandes tecnológicas, el Pentágono y las agencias de seguridad, y presenta el desarrollo de inteligencia artificial aplicada a la guerra como una responsabilidad estratégica de las empresas privadas estadounidenses.

El análisis proviene de Truthdig, un medio estadounidense de reconocido prestigio en el periodismo de investigación y en el análisis crítico, especializado en temas como militarización, vigilancia digital, poder corporativo y política exterior de Estados Unidos. Fundado por el periodista Robert Scheer, ha publicado durante años trabajos de autores como Noam Chomsky, Chris Hedges y Cornel West, con especial atención a las relaciones entre Silicon Valley, el complejo militar-industrial y las nuevas formas de control social.

El texto describe cómo la compañía fundada por Peter Thiel y dirigida por Alex Karp se ha convertido en uno de los principales pilares del nuevo modelo de seguridad estadounidense. Un modelo en el cual la inteligencia artificial, la vigilancia masiva y el análisis de datos se fusionan con la lógica militar y el control social. Palantir no fabrica tanques ni misiles. Su negocio consiste en algo más sofisticado: procesar enormes cantidades de información para identificar patrones, seleccionar objetivos, vigilar poblaciones y anticipar comportamientos. Es decir, transformar datos en poder político y militar.

La guerra contra Irán ha mostrado hasta qué punto estas empresas ya forman parte central de los conflictos contemporáneos. Diversos reportes sobre operaciones estadounidenses e israelíes han señalado el creciente uso de plataformas de inteligencia artificial capaces de integrar imágenes satelitales, comunicaciones interceptadas, movimientos financieros y actividad digital para construir mapas completos de redes militares y civiles. Empresas como Palantir participan precisamente en esa arquitectura tecnológica.

La lógica es simple y peligrosa al mismo tiempo. Cuantos más datos tenga un sistema, mayor capacidad adquiere para clasificar personas, detectar amenazas potenciales y automatizar decisiones. El problema es que esas decisiones dejan de estar exclusivamente en manos de instituciones públicas sometidas –al menos en teoría– a controles democráticos. Ahora pasan también por corporaciones privadas con intereses ideológicos y económicos propios.

Por eso algunos analistas empiezan a hablar de un «fascismo digital». No en el sentido clásico de uniformes, marchas militares y campos de concentración a la luz del día, sino como una nueva forma de autoritarismo apoyada en algoritmos, plataformas privadas y control masivo de información. Un poder menos visible, pero potencialmente más profundo, porque estas tecnologías ya no solo observan la realidad: la organizan. Deciden qué información circula, qué amenazas merecen atención, quién resulta sospechoso, qué conflictos deben intensificarse y hasta a quién hay que matar. La inteligencia artificial deja de ser una herramienta técnica para convertirse en un actor político despiadado.

Lo inquietante es que buena parte de este proceso avanza sin debate público real. Mientras millones de personas usan aplicaciones digitales en su vida cotidiana, unas pocas corporaciones acumulan capacidades que antes pertenecían exclusivamente a los Estados.

El artículo de Truthdig funciona como una advertencia. Palantir ya ni siquiera intenta parecer neutral, y ese quizás sea el dato más importante de todos.

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