
Cuando algunos imberbes nos asustábamos por aquella película que vaticinaba el fin del mundo en 2012, más de un viejo nos consoló con cierta lástima y derroche de razón, asegurando que el mundo se acaba todos los días para quien muere.
A la distancia no parece tanto un consuelo, sino el reposicionamiento del foco de preocupación. Las teorías apocalípticas hacen que les temamos a los meteoritos, a los extraterrestres o al magma, pero no nos dicen, o no a las claras, que en el camino hay cuestiones tan o más siniestras; tan o más letales.
Ni hace falta un meteorito para acabar con la vida de mucha gente, ni un arma nuclear para barrer, más o menos rápido, con una ciudad y un pueblo; y hay ¿seres humanos? tan o más peligrosos que lo que suponen los filmes sobre alienígenas, que a veces no parecen haber buscado inspiración en una galaxia «muy, muy lejana».
El «fin del mundo» no resulta algo improbable o remoto, sino que acontece, se ejercita, de muchas maneras todos los días, en este mismo planeta.
Por ejemplo, en Líbano, unas 2 800 personas han sido asesinadas desde el 2 de marzo de 2026 por bombas extranjeras, procedentes del mismo sitio que las que han martirizado en Irán a más de 3 000, incluyendo a altos líderes, también en el año que corre. Más de 70 000 asesinados se contabilizan en Palestina desde octubre de 2023.
En la República Democrática del Congo, se registran por decenas los muertos civiles, en medio de conflictos que nadie explica ni entiende bien, al tiempo que los derrumbes en las minas ciegan cientos y cientos de vidas de un golpe, a propósito de unos minerales y dividendos correspondientes que, más pronto que tarde, terminan miles de kilómetros al norte, allende a los márgenes de África.
«Maldito baile de muertos», cantaba Luis Eduardo Aute, y es un «baile» en el que todo se conecta por más lejos que luzca una coreografía de otra; un baile que sigue….
¿Cuál es nuestro sitio en esa danza? ¿Cuán ajena nos resulta? ¿Cuán lejana? Las últimas declaraciones y medidas de determinados «directores de orquesta» para con nosotros nos pueden dar una idea.
Y ni en África, ni en Asia Suroccidental, ni América Latina están yendo meramente a por las vidas: el mundo terrenal, concreto, material… es lo que está en el fondo y a mediación de la opereta.
«La tierra, el aire, el agua», resumió años hace Silvio Rodríguez. Pero al lado de todas estas cosas, también hay fuego, recordaba el poeta, y en determinados sitios, hay, habrá, que llevárselo todo o nada, si es que viene a buscarse.
Y mientras tanto, hay que arreglárselas para vivir y hacer la propia película, la propia canción, sin excesos ni faltas de romanticismo, sin extraterrestres, con la dosis de rabia y de ternura que corresponda o que se vaya pudiendo, como quien camina en medio de la locura, tarareando aquel tema de telenovela: Todo el mundo se pregunta quiénes somos y adónde vamos… A la luz de los faroles, poetas y enamorados. Todo el mundo se pregunta quiénes somos y adónde vamos… Con los pies sobre la tierra (vivos) aquí soñamos.













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