
Le faltaba a Estados Unidos acreditarse el triunfo contra el fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Y lo hizo sin reparo alguno: El triunfo fue «gracias a nosotros, guste o no», afirmó el actual mandatario.
Y para cambiar la historia en toda su dimensión, también declaró el 8 de mayo como el «Día de la Victoria de la Segunda Guerra Mundial».
Es decir: Estados Unidos ganó la guerra un día antes de que las tropas de Hitler firmaran la capitulación ante las fuerzas de la Unión Soviética, y concluyera la batalla de Berlín. Pobre historia, tan vilipendiada y horrorosamente descrita, de acuerdo con el pensamiento de quien ocupe la oficina oval en la Casa Blanca.
Hoy, a los 81 años de la rendición alemana, un fascismo reverdecido expande sus tentáculos dentro de gobiernos y grupos de poder que afilan sus lanzas contra Rusia.
Pero es muy difícil olvidar que fue la Unión Soviética la que perdió en la contienda bélica a 27 millones de sus hijos, de ellos 17,7 millones de civiles entre hombres, mujeres y niños.
Otro terrible crimen, vinculado también con la II Guerra Mundial, fue el lanzamiento por Estados Unidos, de las bombas nucleares contra las ciudades japonesas de Hiroshima, y Nagasaki, el 6 y el 9 de agosto de 1945, respectivamente, que dejaron más de 200 000 muertos, la gran mayoría víctimas de la radiación. Ambos crímenes fueron justificados por su autor, como «necesarios» para lograr la rendición japonesa en la citada contienda bélica.
Y, por mucho que se quiera tergiversar y hasta omitir, la realidad mayor es la del heroísmo del Ejército Rojo y su triunfo en la batalla de Moscú, que frustró el plan hitleriano de ocupar la capital soviética.
En igual dimensión se catalogan las batallas y victorias en Stalingrado y Kursk, y otras dentro del plan ofensivo que frenaron en seco a las fuerzas alemanas, destruyeron su maquinaria bélica, hasta la toma de Berlín y la capitulación fascista aquel 9 de mayo de 1945, cuando la bandera roja de la estrella y el martillo se hizo ondear en lo más alto del edificio del Reichstag, sede del Parlamento alemán.
Dentro de esta historia que se quiere mutilar por algunos sectores en Occidente, recordemos que el entonces senador por Missouri y luego presidente de Estados Unidos, Harry S. Truman, había propuesto ante el Congreso estadounidense que, «si vemos que Alemania está venciendo, deberíamos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganando deberíamos ayudar a Alemania». «Y de esta manera dejar que se aniquilen uno y el otro», enfatizó.
Ejemplos como estos tienen hoy más presencia que nunca. El fascismo fue vencido en aquella contienda, pero no eliminadas sus raíces que hoy proliferan, y no solo contra Rusia.
No hay que hurgar mucho para ver por la televisión o leer en los demás medios de comunicación, como se escenifican las acciones fascistas, los discursos de odio, la xenofobia, la humillación a los migrantes, las leyes que ya no son textos jurídicos, sino patadas contra personas, tortura y muerte para niños de Gaza, sanciones como armas de exterminio humano, y otras muchas.
En este 9 de mayo, también observamos el resurgir fascista cuando un gobierno de un territorio limítrofe con la Rusia que heredó toda la valía de su Gran Victoria en la II Guerra Mundial, cierra su espacio aéreo para que no lleguen invitados de la propia Europa a los actos conmemorativos en Moscú, comprometidos con la verdad histórica a la que se le quiere quitar el crédito.
Esta vez, la engalanada Plaza Roja de Moscú tendrá que celebrar tan importante fecha con la mirada y la mirilla puestas en total alerta, ante las amenazas neofascistas de quienes hablan de posibles acciones de guerra en coincidencia con esta fecha que es patrimonio de la humanidad.













COMENTAR
Responder comentario