ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Así acababan el día los prisioneros de Buchenwald. Foto: Tomada de Internet

Una experiencia me marcó para siempre. Estuve en Buchenwald. Caminé sobre la misma tierra donde miles de antifascistas, judíos, gitanos, comunistas y homosexuales fueron reducidos a cenizas y números. Toqué los barracones, respiré el aire denso de aquel horror industrializado y miré los crematorios con la certeza de que aquello no fue una locura pasajera: fue la lógica del capitalismo en su fase más depredadora.

Pero lo que más me impactó no fueron los hornos ni las alambradas. Fue lo que me contaron ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana, años después de la caída del Muro de Berlín. Ellos vieron con sus propios ojos cómo, derribado el socialismo y anexada su tierra al sistema capitalista occidental, volvieron a resurgir las cabezas rapadas, los saludos prohibidos y los discursos de odio. El racismo, la discriminación, la xenofobia y la homofobia –todas las hijuelas del fascismo– regresaron a las calles como si nunca se hubieran ido. El fascismo solo estaba esperando el momento oportuno para salir del sótano.

Hoy, 81 años después de aquel 9 de mayo de 1945, el neofascismo no solo ha vuelto: gobierna. En Italia todavía hay quien llora a Mussolini, en Alemania no faltan los que relativizan el Holocausto, en España existen quienes corean el «¡Una, grande y libre!» de los falangistas. Y al otro lado del Atlántico, el imperio estadounidense ha perfeccionado la bestia: el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ice) detiene niños esposados, allana iglesias sin orden judicial y ha dejado varios muertos en lo que va de año. Asesinatos a plena luz del día, con la complicidad de un sistema mediático que los llama «deportaciones administrativas». Sumémosle el genocidio en Gaza, que más bien parece un campo de concentración al aire libre.

¿Qué dirían los sobrevivientes de Buchenwald al ver las imágenes de las redadas en Texas o en California? La respuesta es dolorosa: el fascismo nunca desapareció del todo, el capitalismo monopolista lo mantuvo en incubadora. La caída del Muro de Berlín trajo de regreso los viejos fantasmas del nacionalismo extremo, la persecución al diferente y el culto a la fuerza bruta.

Por eso, hoy más que nunca, la consigna no puede ser solo recordar. Debe ser organizarse. Porque cuando el pueblo se une, cuando los antifascistas salen a las calles y los trabajadores cierran filas, el fascismo retrocede y la victoria no es una reliquia. Es una tarea perenne.

Hoy el odio también tiene domicilio digital. Si Buchenwald industrializó la muerte en el siglo xx, las redes sociales han industrializado el veneno en el xxi. Los algoritmos premian el grito, la mentira, la deshumanización del otro. Un migrante se convierte en «invasor»; un niño esposado por el ice, es «amenaza»; un bebé palestino, es «terrorista». Lo más aterrador no es el odio explícito, sino el domesticado, el que se disfraza de «opinión» y normaliza lo que antes daba vergüenza. El fascismo ya no quema libros: quema en tuits.

Por eso, la lucha antifascista hoy también es digital: desenmascarar, denunciar, no dejar una mentira sin verdad enfrente.

El neofascismo se cuela por las rendijas de la desmemoria, y solo con la conciencia, la organización militante y la solidaridad internacionalista podremos decir, finalmente: ¡Nunca más!

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.