En el V Coloquio Internacional Patria, celebrado la semana pasada en La Habana, el académico chileno Pedro Santander explicó por qué en las guerras contemporáneas la comunicación ya no es un frente secundario, sino un campo de batalla decisivo. A partir de esa premisa, apuntó a un caso concreto: lo que está haciendo Irán en el plano comunicacional en medio de su confrontación con Estados Unidos.
Lo relevante de ese ejemplo no es tanto la posición política de uno u otro actor, sino las lecciones estratégicas que se desprenden de su forma de comunicar. En un ecosistema dominado por plataformas digitales, algoritmos y consumo fragmentado de información, quien no interviene de manera sistemática pierde visibilidad, influencia y capacidad de interpretación de los hechos. Irán ha asumido esto con claridad: comunicar no es reaccionar ocasionalmente, sino sostener una presencia constante, organizada y orientada a objetivos.
Esa lógica se traduce en una forma específica de batalla asimétrica. Así como en el plano militar los actores con menos recursos compensan la desigualdad mediante movilidad, descentralización y precisión, en el ámbito comunicacional ocurre algo similar. La estrategia pasa por producir mucho contenido con relativamente pocos recursos, priorizando la rapidez. Videos breves, piezas directas, mensajes claros: con poco, hacer mucho.
Uno de los elementos más llamativos es el uso de animaciones tipo Lego, combinadas con estética de videojuego y música hip-hop. No es un recurso menor: permite simplificar conflictos complejos y traducirlos a códigos culturales reconocibles en redes sociales. Este formato amplía audiencias y facilita la viralización.
A ello se suma un factor clave, la velocidad. Gracias al uso de inteligencia artificial, estas piezas pueden producirse en cuestión de horas. Esto introduce una ventaja decisiva. En la guerra comunicacional contemporánea, no gana quien tiene más información, sino quien logra intervenir primero, fijar un encuadre y repetirlo hasta convertirlo en referencia.
De ahí la importancia del «golpeteo constante». No se trata de grandes campañas aisladas, sino de una cadencia sostenida de mensajes que mantienen el tema en circulación. En un entorno donde la atención es volátil, la repetición organizada se convierte en una herramienta de posicionamiento.
Esta dinámica se sostiene sobre una arquitectura descentralizada: voceros con capacidad de intervención, cuentas institucionales activas –incluidas embajadas– y plataformas propias que producen contenido. A ello se suman alianzas con grandes nodos de difusión que amplifican el mensaje y permiten alcanzar audiencias masivas.
Otro rasgo distintivo es la precisión del discurso. En lugar de apelaciones abstractas, la estrategia privilegia blancos concretos. Se personaliza el conflicto, se simplifica la narrativa y se facilita su comprensión. En redes sociales, donde la atención se decide en segundos, esta focalización resulta más eficaz que los planteamientos generales.
Finalmente, hay un elemento clave: la necesidad de hacer la verdad comunicable. No basta con tener razón. Si el mensaje no capta atención, no circula. La estética –imagen, ritmo, sonido– pasa a ser parte central de la eficacia política.
Aquí aparece la idea que mejor sintetiza esta estrategia: lanchas rápidas contra portaviones. Frente a grandes aparatos mediáticos, lentos y pesados, la apuesta es por estructuras ágiles, descentralizadas y veloces, capaces de moverse rápido, golpear con precisión y desaparecer antes de ser neutralizadas. En la guerra comunicacional del siglo XXI, esa agilidad puede equilibrar, al menos en parte, la desigualdad de fuerzas.













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