ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Colo Colo no juega por una copa, sino contra la historia y el tiempo propios. Foto: Agencia Uno

Los estruendos repican secos en las inmediaciones de la hace seis años bautizada como Plaza de la Dignidad de Santiago de Chile. Es domingo y corre la noche. Suenan parecido a lo que se entiende por cuatro o cinco tiros.

Esta vez no se trata de una protesta ni exactamente de un reclamo político, aunque si se hurga y se hurga, qué no lo será en esencia; no son disparos de la policía; no es un asalto ni un enfrentamiento.

Resulta pirotecnia, de la que no se eleva más de medio edificio antes de reventar. Se lanza desde ómnibus urbanos comunes, desde sus techos, cubiertos de personas que flamean banderas blanquinegras, que sostienen en sus manos bengalas encendidas, que gritan a quienes van pasando como quien busca por respuesta otro grito.

Atraviesan así la ciudad de sur a norte, adheridos al techo cuando el vehículo se mueve, sentados como pueden para no caer tres metros al vacío, y exaltados, encendidos, exuberantes… en cada parada.

Son los de la barra brava de Colo Colo, el equipo de fútbol más popular y populoso de Chile. Han perdido el juego en propia cancha.

Toda pasión real es estridente por algún recodo, más o menos público. Toda pasión real reconfigura o quiebra o pone en duda los límites de lo correcto. Toda pasión quema, hacia afuera o hacia adentro de la caja del cuerpo.

Las pasiones son imposibles de calificar en la escala del bueno y malo; más bien hay que buscar sus marcas en la gradación de lo telúrico. Y cuando lo telúrico se desata, se quiebran los edificios, al tiempo que nacen las montañas; sufre lo temporal y se forja lo eterno.

¿Y qué pasa cuando Colo Colo pierde en propia cancha? Nada, no pasa nada. Dicen por los barrios que Colo Colo nunca pierde, aunque termine abajo en el marcador, porque Colo Colo no juega por una copa, sino contra la historia y el tiempo propios.

Para ganarle a Colo Colo, a su hinchada, hay que ser campeón del torneo más importante del continente al menos una vez en la vida y ganar 34 veces la liga nacional; tener nombre, cara y alma de cacique mapuche y llevar más de cien años sin descender de división; tu ídolo le tuvo que haber negado el saludo a Pinochet en plena dictadura y ser hijo de una mujer detenida y torturada.

Hay equipos, de fútbol y de cualquier cosa, que son así, demasiado parecidos a las glorias, dolores y hasta defectos de sus pueblos. A lo largo de los años, estén más cerca o más lejos de la punta de un ranking, van disputando una liga distinta a las oficiales: la de la memoria y la dignidad compartidas, la de la identidad, la de la metáfora, la de mezclar todo lo que tenga que ser mezclado con la pelota, la patada y el arco, que no se dan ni son en un mundo paralelo.

Y ahí están sus barras bravas para conectar directamente, a veces a la fuerza, el terreno con los barrios, aunque tengan que atravesar de norte a sur una capital sudamericana con bengalas y banderas sobre el techo liso y resbaloso de una guagua.

La izquierda que los llama enajenados se parece bastante a la derecha que les grita delincuentes. A todas gana Colo Colo.

Qué tristes las ciudades que duermen los domingos, qué insípidas las paredes que no hablan, qué fatigoso lo previsible.

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