ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Distintas latitudes

En algún lugar hay que vivir. No se trata del último capricho de turno. Agua, comida, oxígeno, techo, suelo… a veces parece demasiado. ¿De quién es la tierra? De un señor. ¿Cuánto vale? Aún no dice.

Y tú, ¿cuántos hijos tienes? Unas veces dos, otras cuatro, otras uno. En ocasiones no sé si valga la pena tenerlos y me aguanto o no quiero y ya.

¿Cuándo fue la última vez que te dieron trabajo? ¿Cuánto duró? No recuerdo. El trabajo no me lo dan, porque el trabajo soy yo. ¿Quiénes fueron tus padres? Una gitana y un feriante, un desplazado y una desplazada. Le temen al ruido de los helicópteros.

¿Qué tiempo has pagado por vivir en casa de otro? Media vida, hasta que no pude más y me inventé cuatro paredes sobre un palmo de tierra que antes de mí no valía nada.

Pero después de mí y de los míos, que prefirieron empezar todo de cero y soñarse dueños del aire que respiraban, el patrón vio que la tierra servía para algo y que hasta buena vista tiene, y al fin nos puso el precio. Quería cobrarnos el aire y la tierra, dizque suyos, al precio de nuestros pulmones y pies. Y no nos entendimos, porque ya nos había dicho que entráramos, que del precio luego se hablaba, que no nos preocupáramos por eso, y hoy le grita a la prensa que invadimos propiedad privada.

Ahora le van a pagar bastante por levantar tres edificios aquí, donde va a tumbar mi techo. Probablemente será dueño de la mitad de los apartamentos tamaño gaveta y ofrecerá un precio razonable y hasta sin aval para que los habitemos yo y los míos, que ya nos pensábamos con algo.

Por ahora hay que moverse a otra parte. Siempre vienen con armas a sacar a uno. No es nuevo.

Hace más de 40 años nuestros padres vivían en algún rincón de la ciudad, pero estaban demasiado cerca de los planes futuristas de alguien, y los milicos los montaron en un camión, se los llevaron lejos, y los tiraron como ratas a que se inventaran la madriguera y el queso.

Pero está bien. No es más doloroso empezar de cero una casa cada diez o 20 años –soñando que cierto día un papel dirá que es mía–, que empezar de cero cada mes, pagando lo mismo y un poco más por un lugar que, todos sabemos, nuestro no será nunca.

A veces hay que halar la ciudad, reinventar sus bordes, construir la casa, aguantar al narco, rezar por que no contrate a mi hijo y pedirle al cura que nos defienda ante la prensa y les diga que los narcos de verdad tienen sus casas en el barrio alto; aguantar al blindado, rezar por que no responda con ametralladora a la piedra.

Le van a decir villa, campamento, toma, favela, población, asentamiento, pero será mi casa. ¿Con papeles? Mejor. ¿Sin firmas? ¡qué hacer!

¿Cuántos son ahora? Más de 130 millones en el continente, del río Bravo para abajo, dice un banco, mientras me llama «desafío» y anuncia necesario abordarme integralmente.

Dice también que a los míos y a mí nos falta competitividad para «insertarnos». Y yo no quiero insertarme en nada ni competir con nadie para ver quién puede respirar o no, tener techo o no.

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