ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Tomada de Internet

La historia tenía todos los ingredientes necesarios para convertirse en un relato épico. Un soldado estadounidense caído en territorio iraní, una operación de rescate envuelta en secreto, una tecnología jamás vista y un presidente dispuesto a presentarla como prueba de un poder sin límites.

Según la narración difundida por Washington, una herramienta llamada Ghost Murmur (Murmullo fantasmal) habría permitido localizar a un piloto derribado por los iraníes a 64 kilómetros de la frontera, gracias a la señal electromagnética de su latido cardíaco, capaz de distinguirse en medio del ruido de fondo. La escena parece salida de una mezcla de película de espionaje, videojuego militar y ciencia ficción de consumo rápido. Precisamente por eso conviene detenerse en ella.

No importa solo si la historia es técnicamente absurda o científicamente inconsistente –que lo es en los términos en que fue contada–. Los científicos que estudian los campos magnéticos aseguran que un dispositivo así excede los límites de la física. Lo importante es comprender para qué sirve una construcción de este tipo. Ghost Murmur no debe leerse únicamente como un bulo extravagante o como una exageración presidencial más, sino como una pieza funcional dentro de una maquinaria de propaganda que necesita inflar de manera permanente la imagen del poder militar estadounidense.

La superchería tecnológica cumple aquí una tarea política precisa: fabricar miedo, proyectar omnipotencia y reforzar la idea de que Washington dispone de recursos casi sobrenaturales para ver, oír y alcanzar a cualquiera en cualquier lugar del mundo.

No es un mecanismo nuevo. Los imperios siempre han necesitado mitologías técnicas para legitimarse. Antes fueron los bombarderos «inteligentes», las guerras «quirúrgicas» o la vigilancia total prometida por la revolución digital. Ahora el repertorio incorpora términos que evocan un futuro incontestable: inteligencia artificial avanzada, sensores cuánticos, sistemas autónomos, capacidad predictiva. Se toman conceptos reales, se deforman, se mezclan con fantasías operativas y se devuelven al espacio público convertidos en relato verosímil para una audiencia no especializada.

Llegamos aquí a un rasgo central de la comunicación contemporánea: el uso y abuso de la jerga técnica. Cuando se invocan términos como «magnetometría cuántica de largo alcance» o «aislamiento electromagnético del latido humano», una parte del público no entiende exactamente de qué se habla, pero sí percibe una atmósfera de sofisticación. La complejidad opera entonces como coartada. La mentira ya no se presenta como una afirmación desnuda, sino como una formulación blindada por el prestigio social de la ciencia y la tecnología. No hace falta demostrarla; basta con envolverla en palabras difíciles.

La hipérbole militar no busca solo admiración; busca obediencia. Pretende naturalizar presupuestos colosales de defensa, legitimar nuevas carreras armamentísticas y presentar la supremacía tecnológica del imperio como un hecho consumado, fuera del debate democrático.

Aunque probablemente no exista, Ghost Murmur importa como síntoma de una época en la que la propaganda ya no necesita ser completamente verosímil, sino emocionalmente eficaz. En ese terreno, la tarea crítica consiste en devolver las cosas a su escala humana y política, arrancar el disfraz tecnológico de la mentira y recordar que los imperios también necesitan relatos para sostenerse. Cuanto más declina su autoridad real, más tienden a refugiarse en la fanfarronería, el bulo y la ficción de una omnipotencia técnica que no poseen.

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Tiranio dijo:

1

13 de abril de 2026

21:29:35


Pero se los llevaron en mis natives qera la mision.