La Tierra experimenta el desequilibrio energético más elevado en los últimos 65 años y los flujos financieros para contener o mitigar el desastre ni llegan a las cotas que parecían ciertas, evidenciaron nuevos diagnósticos internacionales.
Desde el inicio de las observaciones modernas, el clima nunca había estado tan descompensado: las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI) alimentan el calentamiento continuo de la atmósfera y los océanos e impulsan la fusión de las masas de hielo, señaló la Organización Meteorológica Mundial (OMM) el pasado el 23 de marzo.
Por su parte, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por su sigla en inglés) reveló la incongruencia de los fondos para encarar la catástrofe.
En situación estable, la proporción de energía solar entrante es casi similar a la saliente, pero el equilibrio terrícola se rompió. El cúmulo de los tres GEI más abundantes –dióxido de carbono (CO2CO2), metano (CH4) y óxido nitroso (N2O)– volvió a crecer en 2025, reveló la OMM.
A la luz de los datos mundiales consolidados, la institución confirmó que en 2024 la concentración atmosférica de CO2 alcanzó su nivel más alto de los últimos dos millones de años, y las de CH4 y N2O registraron montos sin precedentes en al menos 800 000 años.
El informe del organismo, titulado Estado del clima mundial en 2025, advirtió que, durante los dos últimos decenios, el océano absorbió anualmente el equivalente a cerca de 18 veces la cantidad de energía consumida por la humanidad en similares intervalos de 12 meses.
Ello entraña consecuencias severas; a saber, la degradación de los ecosistemas marinos, la pérdida de biodiversidad y la reducción de la capacidad de las aguas para actuar como sumidero de carbono. A la par, avanzaron otros fenómenos extremos, entre ellos, los incendios forestales, las sequías y los huracanes.
«Estos cambios rápidos y a gran escala se han producido en cuestión de pocos decenios», y sus repercusiones negativas se dejarán sentir durante siglos, vaticinó la fuente a partir de estimaciones científicas.
«La actividad humana está trastocando cada vez más el equilibrio natural y sufriremos las consecuencias durante cientos y miles de años», declaró la secretaria general de la OMM, Celeste Saulo.
Frente a la debacle medioambiental, en 2024 se acordó una nueva meta colectiva sobre financiación climática internacional. Quedó establecido un piso mínimo de 300 000 millones de dólares anuales para 2035, con la contribución de las grandes económicas, y una meta de 1,3 billones de dólares provenientes de todas las fuentes.
Sin embargo, «las cifras globales crecientes ocultan preocupaciones más profundas sobre si el sistema está proporcionando un apoyo real y adicional a los países en desarrollo que enfrentan la crisis climática», expuso la UNCTAD en su informe Más allá de la contabilidad creativa. Restaurar la confianza en el régimen de financiación climática.
De acuerdo con el examen, gran parte del crecimiento reportado en el financiamiento climático refleja cambios en las prácticas contables más que un verdadero aumento en el esfuerzo fiscal, sobre todo de las grandes potencias económicas.
Desde el punto de vista nominal, la asistencia oficial para el desarrollo (AOD) pasó de 133 000 millones de dólares en 2009 a 235 000 millones en 2023, según estadísticas de las Naciones Unidas.
No obstante, el aporte real –como porcentaje del producto interno bruto, PIB– cayó de 0,33 % a 0,30 %, al descontar de la suma internacional los costos de los refugiados en los propios países donantes y el apoyo a Ucrania, precisó la UNCTAD.
Además, la disminución en términos específicos fue aún mayor: ajustada por el destino del gasto, la AOD no climática cayó de 0,31 % del PIB en 2009 a 0,25 % en 2023, razonó la entidad.
«Esto sugiere que el financiamiento climático no se suma a la ayuda al desarrollo, sino que se está proporcionando cada vez más a expensas de la AOD no climática», denunció.
En la práctica, la mayoría de los proyectos relacionados con el clima también califican como asistencia para el desarrollo y habitualmente se registran por una y otra vía.
La doble contabilización «infla los totales» sin aumentar los recursos reales disponibles para los países en desarrollo. El resultado es «una creciente brecha entre los compromisos informados y el apoyo real sobre el terreno», consideró el reporte.
Cuando el crecimiento del financiamiento climático refleja ajustes contables en lugar de nuevos fondos, los Gobiernos se ven obligados a tomar difíciles decisiones entre la acción climática y la reducción de la pobreza, sopesó la UNCTAD.
«Cumplir con la ambición de 1,3 billones de dólares requerirá algo más que creatividad contable; se necesitará apoyo real, medible y transparente en el que los países en desarrollo puedan confiar», sintetizó.













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